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Sophia 41: 2026.
© Universidad Politécnica Salesiana del Ecuador
ISSN impreso:1390-3861 / ISSN electrónico: 1390-8626, pp. 141-178.
Ó J C M R R G
una práctica de enseñanza que divierta, que no aburra a los alumnos, sino
que los mantenga entretenidos. Sin embargo, es un mandato no siempre
fácil de alcanzar, que puede agobiar al profesor por tratar de cumplirlo y,
sobre todo, que desconoce la complejidad del acto educativo.
El cometido de la enseñanza es dar forma, no divertir. Como ya se
aludió, la formación no siempre es agradable, tanto así que el sujeto puede
resistirse a ser formado, por eso el niño puede responder sarcásticamente
a una norma de sus padres o un feligrés sacar su celular y no atender la
homilía del sacerdote. Así, la tarea educativa es dar forma, pero no por eso
resulta una acción seductora. De hecho, puede ser bastante desagradable
vivirla: se trata de pasar del mandato biológico, tan centrado en los place-
res instintivos, al dominio de la cultura que pone trabas al despliegue del
instinto. Educar es, pues, ponerle límites al individuo, y tales términos van
muchas veces en contra de la diversión.
Por demás, la diversión es gratificación inmediata, y estudiar, que
es el asunto de la enseñanza, implica una gratificación pausada, de largo
alcance. Establecer que todas las clases y materias sean divertidas está
muy bien para vender un servicio y satisfacer la demanda del cliente, pero
es una falsa promesa publicitaria, porque la enseñanza más que diversión
exige atención, esto es: curiosidad, esmero y esfuerzo, que traen gozo, pero
a condición de renunciar a la satisfacción inmediata (Bustamante, 2013).
Por lo anterior, es necesario sospechar también del mandato de que
“enseñar implica motivar al estudiante”, pues tal como se propone, coloca
la carga en lo que haga el profesor (por lo general, por vía de la diversión
o, al menos, del no aburrimiento) y no en la voluntad del estudiante. Visto
así, la motivación sería una actitud despertada por el profesor, pero que
puede ser del mismo modo voluble y pasajera, pues su energía depende
de algo extrínseco al estudiante. Y que el profesor lo haga o no, no asegura
la motivación por siempre del estudiante (por ejemplo, las dinámicas mo-
tivacionales se pueden volver aburridas dada la repetición).
Por el contrario, decidir poner atención es un acto de la voluntad
del estudiante, que puede ser una decisión por encima de lo que haga o
deje de hacer el profesor, pues si bien se le pone cuidado al otro, lo que
está en juego es el objeto de estudio. Es decir, en el fondo, más que atender
al profesor, el estudiante está atento al objeto. Por ello hay alumnos que, a
pesar de la práctica poco innovadora de su profesor, son comedidos con
el objeto o contenido que se enseña, es decir, son estudiantes.
Así que la motivación viene muy bien para estudiar, pues se puede
convertir en catalizador de la atención, pero no se puede convertir en
meta de la enseñanza, pues el estudiante al final es protagonista de su for-