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https://doi.org/10.17163/soph.n41.2026.03
el Cultivo de ComPetenCias demoCrátiCas
en la soCiedad del siglo xxi
Cultivating Democratic Skills in the 21st Century Society
I T L*
Universidad de Valencia, España
http://ror.org/043nxc105
isabel.tamarit@uv.es
https://orcid.org/0000-0003-0114-5554
Forma sugerida de citar: Tamarit López, Isabel. (2026). El cultivo de competencias democráticas en la sociedad
del siglo XXI. Sophia, Colección de Filosofía de la Educación, (41), pp. 111-139.
Resumen
El presente escrito plantea la problemática actual en las democracias del siglo XXI, las amenazas y los conflictos
a los que se enfrenta la ciudadanía y de qué manera paliar los efectos negativos de un atomismo y radicalismo
autoritario creciente, que se agrava con las tecnologías y la digitalización. El objetivo es presentar la educación
ético-cívica como un recurso fundamental para el desarrollo humano y la vida democrática, entendiendo que
el pensamiento crítico y las virtudes cívicas sientan las bases para degustar los valores democráticos. Se destaca
la importancia de capacitar a los jóvenes con las competencias democráticas que les permitirán erigirse como
agentes responsables en un contexto social pluralista y complejo. Para ello se ha seguido una metodología de análisis
crítico de artículos y estudios de investigación que aportan resultados y reflexiones, tanto sobre la situación actual
como propuestas pedagógicas orientadas a la revitalización de la vida democrática. Así, el documento presenta
inicialmente el análisis del estado de la cuestión y los fundamentos de la democracia, señalando qué competencias
democráticas son más necesarias en la actualidad; a continuación, se justifica la importancia de la educación ético-
cívica; finalmente, se presentan unas propuestas pedagógicas orientadas al cultivo de dichas competencias y que se
enmarcan en el aprendizaje dialógico, la resolución pacífica de conflictos y la educación emocional.
Palabras clave
Democracia, educación, ética, competencias, ciudadanía, pensamiento crítico.
* Doctora en Filosofía con premio extraordinario y mención internacional. Licenciada en Fi-
losofía con premio extraordinario y diplomada en Fisioterapia con premio extraordinario y
III Premio Nacional de estudios universitarios por la Universidad de Valencia. Actualmente es
profesora catedrática de enseñanza secundaria en la especialidad de Filosofía y dirige el centro
educativo donde desempeña su función docente principal, el IES Massamagrell. También es
profesora asociada del departamento de Filosofía en la Universidad de Valencia. Ha participado
en varios proyectos de investigación: bioética, Euroethos y cooperación al desarrollo en cola-
boración con la AECI. Durante la formación como personal investigador ha realizado estancias
académicas en la Universidad de Cambridge, Oxford, Lovaina y Universidad de la República de
Uruguay. Ha publicado diversos artículos en revistas de prestigio y participado en volúmenes
relacionados con la filosofía, la educación y la enseñanza de la ética.
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El cultivo de competencias democráticas en la sociedad del siglo XXI
Cultivating Democratic Skills in the 21st Century Society
Abstract
is paper addresses the current problems facing 21st century democracies, the threats and
conflicts faced by citizens, and how to mitigate the negative effects of growing atomization and
authoritarian radicalism, which are exacerbated by technology and digitalization. e aim is to
present ethical and civic education as a fundamental resource for human development and
democratic life, understanding that critical thinking and civic virtues lay the foundations for
enjoying democratic values. It highlights the importance of equipping young people with the
democratic skills that will enable them to become responsible agents in a pluralistic and complex
social context. To this end, a methodology of critical analysis of articles and research studies has
been followed, providing results and reflections on both the current situation and pedagogical
proposals aimed at revitalizing democratic life. erefore, the document initially presents an
analysis of the state of the art and the foundations of democracy, pointing out which democratic
skills are most necessary today. Next, the importance of ethical-civic education is justified, and
finally, pedagogical proposals aimed at cultivating these skills are presented, which are framed
within dialogic learning, peaceful conflict resolution, and emotional education.
Keywords
Democracy, Education, Ethics, Skills, Citizenship, Critical thinking.
Introducción
En un momento histórico como el actual, en pleno siglo XXI, se constata
una situación en la que se acrecientan los radicalismos en la sociedad, se
pierde el sentido democrático y aparecen de nuevo posturas y propuestas
políticas autoritarias, que parecían haber sido relegadas al siglo XX, con el
triunfo de la democracia liberal en Occidente (Fukuyama, 1992). Se trata
tal vez de un contexto de postdemocracia (Crouch, 2020) o democracia
iliberal o antiliberal (Zakaria, 1997; Ylarri, 2015), que se traduce en una
serie de síntomas que amenazan principalmente a la ciudadanía y a los
valores ético-cívicos vinculados a la vida democrática: igualdad, justicia
y libertad. Esta situación, que resume el estado de la cuestión o punto de
partida de la investigación, se suma al individualismo y atomismo en que
se encuentra la sociedad, el escaso compromiso social y democrático de las
generaciones más jóvenes, y su escasa participación en los procesos socia-
les, que representan una amenaza seria para la democracia (Taylor, 2005).
Es un escenario proclive al surgimiento de radicalismos y postu-
ras extremas que chocan con la tolerancia y el respeto activo, como es
el surgimiento de actitudes xenófobas, racistas o discriminatorias hacia
aquel que piensa o cree diferente. En consecuencia, surgen identidades
extremas que chocan en un espacio plural y multicultural, que en térmi-
nos democráticos requieren del respeto y del reconocimiento de la igual
dignidad de las personas para garantizar la paz (Przeworski, 2022).
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Este contexto, además, se alimenta de un modo de vida, de acomo-
darse al mundo o ajustarse a la realidad, que se repliega cada vez más en
el individuo, quien se refugia en una realidad alimentada por la digitali-
zación y la tecnificación del mundo de la vida, se vuelve anónimo y con
escasa capacidad crítica para hacer frente a la desmesurada cantidad de
información y se desborda por la falta de tiempo real y el ritmo acelerado
con el que se lanza esa información (Rosa, 2016). Se trata de una cantidad
ingente y acrítica de datos (Han, 2022) que no se pueden comprender en
su totalidad. Como tempranamente señaló la matemática Cathy O’Neil
(2018), los modelos matemáticos complejos se usan para la toma de de-
cisiones políticas, lo que conduce no solo a una perpetuación de las des-
igualdades y la discriminación, sino a una nueva versión de tecnocracia
en la que la ciudadanía queda anulada por los algoritmos.
Esta situación constituye el problema central de la presente inves-
tigación: un individuo afectado en su desarrollo, en su autoconcepción,
en la forja de su identidad; pero además una vida en comunidad que se
encuentra amenazada principalmente en sus fundamentos, es decir, los
valores ético-cívicos de libertad, justicia, igualdad, solidaridad, etc., que
sientan las bases de las sociedades democráticas (Bauman, 2007). Por eso,
el objetivo es plantear la posibilidad de un aprendizaje para la vida en de-
mocracia, porque nadie nace sabiendo apreciar la libertad o la justicia, es
tarea que compete a la educación y que requiere de un trasfondo cultural
y un horizonte de sentido. Para este asunto de radical actualidad y preo-
cupante por cuanto afecta a la democracia como forma de organización
social y política, se propone como una parte importante de la solución la
promoción de la educación ético-cívica. Esta constituye una herramienta
fundamental para capacitar a la ciudadanía en el ejercicio de sus compe-
tencias democráticas, en la recuperación del gusto por los valores demo-
cráticos fundamentales y en la forja de una serie de virtudes cívicas que,
junto con el pensamiento crítico, contribuirán a la revitalización de una
ciudadanía activa, responsable, justa y solidaria (Jerome et al., 2024).
En este escrito se plantea el aprendizaje para la vida democráti-
ca como una prioridad en la educación para la ciudadanía (Santisteban
et al., 2018). Se trata de aprender a vivir en democracia, y ello requiere de
aptitudes, actitudes, valores y conocimientos.
La metodología para justificar esta propuesta se fundamenta, por
un lado, en las necesidades del contexto actual, descrito más arriba, y las
problemáticas asociadas, por otro lado, en la recuperación de las bases
filosóficas del pensamiento democrático como modo de organizar la vida
política desde la libertad y la justicia principalmente. Para ello se realiza
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un análisis de la bibliografía y de las principales propuestas teóricas clási-
cas del ámbito de la filosofía política que existen al respecto.
La investigación aporta también una parte propositiva o de resul-
tados, pues se presentan una serie de propuestas pedagógicas en la línea
de la educación ético-cívica. Pretenden servir como marco para el cultivo
de virtudes, habilidades y competencias democráticas para una ciudada-
nía activa, que aprende lo que implica la vida en democracia y aspira a
ejercer su agencia de manera responsable y solidaria, actuando por el bien
común, el del conjunto de la comunidad socio-política, y reconociendo a
los otros como seres dignos.
Finalmente, se expondrán las conclusiones pertinentes que res-
ponden a los retos que plantea la cuestión inicial ahondando en qué papel
juega en esta tarea el educador y qué ofrece el contexto educativo como
lugar de encuentro para el desarrollo humano y la revitalización de la
democracia en el siglo XXI.
Un mundo en crisis frente a la “postdemocracia”
Es innegable que el siglo XXI se inició en un momento crítico para los
sistemas democráticos. Los efectos de esta crisis se vislumbran en la si-
tuación que se vive actualmente a nivel global. Se trata de un contex-
to caracterizado por una globalización que nos ha conectado en las co-
municaciones, nos ha posibilitado vivir de manera paralela con muchos
otros, pero nos ha desvinculado de los asuntos humanos más próximos,
invisibilizando situaciones de injusticia que pasan desapercibidas porque
quedan relegadas a la anonimia y los márgenes de una sociedad que se
centra en lo inmediato. Cabe destacar en este sentido el papel que juegan
las redes sociales y la soberanía de la tecnología y la digitalización, que
nos inducen a un tipo de vida en clave de masa que, en ocasiones, fracasa
vacía, buscando un falso imperativo de la felicidad y que aboca en el des-
encanto y la confusión (Pinedo Cantillo, 2024).
La vida de aceleración extrema en que se vive no solo afecta in-
dividualmente, también conduce a una alienación del yo como indica
Harmut Rosa (2016) e imposibilita adentrarse en la identidad auténtica
y en las implicaciones de la propia humanidad. Esto también incide en la
comunidad, ya que a medida que se pierde la capacidad de detenerse y
de escuchar al otro atentamente, se olvida la importancia de reconocerlo
como un igual y de valorarlo en su dignidad.
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Asimismo, se van perdiendo los vínculos que mantenían unidas a
las personas como comunidad y que otorgaban sentido a sus costumbres,
creencias, modos de vida y de entender el mundo. La cohesión social,
tan necesaria para los procesos de reconocimiento y agencia solidaria,
se encuentra resquebrajada. Las grietas que la debilitan van socavando el
humus o trasfondo necesario para el florecimiento humano.
La radicalidad de una identidad compleja se va simplificando a me-
dida que no se cultivan ni se forjan aquellos hábitos que permitirían el
entendimiento mutuo más allá de lo inmediato, yendo a los orígenes, a
los horizontes de sentido que se comparten con otros y desde los que es
posible la comprensión mutua (Taylor, 1994 y 2005). Se pierde libertad
cultural a medida que se pierde la capacidad crítica, se anula la riqueza del
contexto, porque se simplifica, se homogeneiza a unos patrones comunes
la diversidad cultural y los diferentes modos de vida que existen en socie-
dades pluralistas. Esta reducción de la diversidad cultural coexiste a su vez
con la radicalización extrema de algunos modos culturales y opiniones, lo
que genera conflictos y choques entre posturas distintas, en ocasiones, vio-
lencia y manifestaciones de odio que minan las bases de la vida en común,
la confianza y la seguridad que la democracia necesita para funcionar sa-
ludablemente (Gracia Calandín y Suárez Montoya, 2023).
Todos estos factores acometen contra la vida democrática y llevan
a pensar que tal vez estamos en un momento de postdemocracia, pues el
sistema democrático se ha pervertido de tal modo que ha dejado de fun-
cionar y de responder a las necesidades de organización política que tiene
todo Estado que aspire a ser regido por los principios de igualdad, justicia
y libertad (Gozálvez Pérez et al., 2023).
En su defecto existen Estados que se dicen democráticos pero que
cuentan entre sus partidos políticos grupos extremistas y autoritarios
con discursos radicales que polarizan la opinión pública, sin posibilidad
de brindar paso al diálogo o a la búsqueda de acuerdos comunes (Bauer
et al., 2021). Asimismo, las instituciones políticas sufren un deterioro que
la ciudadanía traduce en desconfianza, por asuntos relacionados con la
corrupción, la malversación de fondos, la inoperancia de las instituciones
o la confusión en la separación de poderes. Estos Estados supuestamente
son democráticos, pero en realidad constituyen democracias débiles, y
esto puede deberse a varias razones: o bien se trata de Estados democráti-
cos incipientes con poca tradición democrática y que derivan de orígenes
autoritarios, por tanto, requieren de un fortalecimiento de las bases y los
valores sobre los que descansa la democracia (Albertus y Menaldo, 2018).
O bien son Estados que se han fundamentado históricamente como de-
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mocracias reales y fuertes pero que se han visto debilitadas con el tiem-
po, porque no se han cuidado aspectos esenciales de la vida democrática,
como son: las libertades fundamentales, el pluralismo, la participación
crítica de la ciudadanía, el respeto a las minorías, la prensa libre y diversa,
el pluripartidismo, la seguridad, y los derechos civiles básicos de todos los
grupos que componen la sociedad civil.1
Ambos casos adolecen de fallos en la democracia que conviene
superar si lo que se quiere es seguir apostando por un régimen político
democrático (Bauer et al., 2021). En el siguiente apartado se exponen los
fundamentos democráticos que nos permitirán justificar la pertinencia
de las propuestas pedagógicas que pueden contribuir desde la educación
ético-cívica a fortalecer la competencia democrática de la ciudadanía y
revitalizar la vida democrática en las sociedades del siglo XXI, desde un
enfoque basado en la adquisición de aptitudes, actitudes y valores que
facilitan el desarrollo competencial.
Fundamentos de la vida democrática
En sus orígenes la democracia se ha concebido como gobierno del pueblo,
participativa y directa, aunque con cierto grado de elitismo en la con-
cepción de la ciudadanía, ya que como sabemos, en Atenas o en las polis
griegas, en la Grecia clásica antigua, los considerados ciudadanos se re-
ducían a un número reducido de personas, en concreto varones, libres, no
extranjeros y adultos. Se restringía la capacidad de participación y, por
tanto, el reconocimiento para ejercer esa libertad, pues la igualdad no era
algo que se entendiera como igual trato o reconocimiento de derechos
a todas las personas que habitaban en la polis, sino solo a algunos que
realmente podían autoconcebirse y ser reconocidos como ciudadanos de
pleno derecho (Bovero, 1987).
Por tanto, hay que remitirse a la Modernidad para entender el re-
surgimiento de las democracias en Occidente tras años de regímenes to-
talitarios. Aparece, entonces, otra perspectiva desde la que interpretar la
libertad y la igualdad. Este otro modo, comparado con el primero —la
democracia de los antiguos— se trata de una democracia de los modernos,
categorizada según la conceptualización que hace Isaiah Berlin (2001),
donde compara la libertad de los antiguos con la de los modernos.
La democracia de los modernos pasa a ser representativa y se ca-
racteriza principalmente por la separación de poderes, pero además se
reconoce a todo ciudadano como sujeto de derechos y con capacidad
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igual para participar en la vida democrática. Se levanta la restricción a
la concepción de ciudadanía que existía en la antigüedad y se presupo-
ne que toda persona es válida para ejercer sus derechos de participación
(derecho al voto), al menos con el sufragio universal. Sin embargo, a esta
universalidad le surgieron excepciones que, precisamente, se basaron en
la supuesta falta de capacidad para participar en condiciones de igualdad
y ejercer los derechos y libertades de manera responsable. La condición
de ciudadanía plena no es algo que se adquiere simplemente por el naci-
miento en un lugar, requiere estatus legal y reconocimiento.
El liberalismo característico de la sociedad moderna supone in-
dudablemente un progreso social por lo que respecta a los derechos y las
libertades del individuo frente a la opresión de los regímenes medievales.
Al menos desde el siglo XVII, autores como John Locke y de modo más
desarrollado a mediados del siglo XIX, John Stuart Mill (1988), recalan
en el papel protagonista que la libertad del individuo debe ocupar en la
sociedad. Con todo, aunque la concepción de la “libertad negativa (Ber-
lin, 2001) constituye una salvaguarda indispensable frente a regímenes
totalitarios (hay que reconocer la solvencia de dicho argumento, tanto en
Mill como en Berlin), presenta, no obstante, algunas deficiencias para el
propósito del cultivo de las competencias democráticas que aquí nos ocu-
pan. Así, Taylor (2005) analiza cuál es el problema de la libertad negativa
y propone una concepción positiva de libertad, según la cual no basta con
afirmar que la libertad es un derecho, sino que es necesario entender la
libertad como ejercicio, porque de otro modo puede quedar únicamente
reflejada en un documento, pero no haber modo de hacerla efectiva, esto
es, de actuar y ser libremente. En otras palabras, aunque el individuo no
encuentre interferencias u obstáculos externos —como contempla la li-
bertad negativa— ello no es suficiente para poder ejercer su libertad de
manera real. Para ello es clave reconocer las condiciones materiales de
existencia, es decir, los contextos sociales, históricos y políticos, poniendo
especial énfasis en los vínculos sociales y los horizontes de significado
de los agentes, ya que estos facilitan u obstaculizan ese ejercicio real de
la libertad. Entender la libertad como ejercicio implica llevar a cabo una
crítica al atomismo social y preocuparse por los vínculos sociales que
conforman la sociedad, que definitivamente son facilitadores de la ac-
ción libre. En este sentido, la educación para la ciudadanía democrática es
clave, ya que contribuye a valorar esas condiciones de manera crítica, en
tanto que son imprescindibles para comprender el ejercicio de la libertad
(Santisteban et al., 2018).
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El cultivo de competencias democráticas en la sociedad del siglo XXI
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Por ello, siguiendo a autores clásicos como John Dewey (1995) o
más recientes como Nussbaum (2010), se encuentra una relación intrín-
seca entre la educación y la democracia, ya que la educación es la clave
para la formación de ciudadanos activos, responsables y comprometi-
dos en una sociedad democrática. La educación para la participación, la
democracia como forma de vida, la promoción de valores ético-cívicos
como la justicia, la igualdad, la libertad, la solidaridad o el diálogo son
fundamentales para la educación (Gracia Calandín, 2020). El estatus de
ciudadanía democrática para ser ejercido realmente demanda tanto com-
petencia, esto es, aptitud o saber hacer, como capacidad, libertad real para
desarrollar el papel que caracteriza a una ciudadanía responsable, libre y
justa. Esta competencia democrática se adquiere a partir de una educa-
ción ético-cívica, que cultiva las virtudes, los hábitos y las capacidades que
posibilitan el desarrollo de la misma, y que además posibilitan la toma de
conciencia sobre la responsabilidad que supone este tipo de agencia.
Competencias democráticas para el ejercicio real
de la ciudadanía
En este punto se especifica qué competencias requiere la ciudadanía para
ejercer su poder y soberanía en un sistema democrático, y salvaguardar
los fundamentos y los valores de la vida democrática en las sociedades
del siglo XXI.
En primer lugar, parece esencial que la ciudadanía cultive el pen-
samiento crítico desde una racionalidad encarnada (Cortina Orts, 2007)
y, no tanto, instrumentalista o calculadora; desde una racionalidad que
se orienta hacia el desarrollo de las personas y de los pueblos (Barrientos
Rastrojo, 2024). De este modo, ante la masa desmesurada de información
que se recibe, así como las tentativas de adoctrinamiento y polarización a
que se ve sometida por distintos poderes y autoridades populistas o auto-
ritarias (Han, 2022), resulta imprescindible ejercer de manera crítica un
análisis, selección y tratamiento de la información que permita diferen-
ciar entre lo verdadero y lo falso, entre lo que se comunica con intenciones
de manipulación y lo que simplemente se vierte para generar confusión o
distracción respecto a lo esencial. Asimismo, los discursos populistas que
proliferan a nivel político merecen ser abordados de manera crítica, para
poder evaluar realmente lo que se pretende desde algunos partidos polí-
ticos, o desde los medios de comunicación que se pervierten sirviendo a
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uno de los polos de manera desleal, recurriendo a las falsas noticias o la
comunicación parcial o sesgada de las mismas.
Este pensamiento crítico posibilita también valorar los prejuicios,
opiniones y razones respecto a cuestiones fundamentales, ejerciendo esa
capacidad de autocrítica que libera de sesgos o posturas discriminatorias
(Barrientos Rastrojo, 2024). La crítica requiere de razonamiento y de ar-
gumentos que justifiquen la postura que se adopta, ahora bien, conviene
matizar a qué razón se está aludiendo para no caer en el error de una
razón instrumentalista o calculadora. Esta última supondría el abordaje
de la cuestión desde una posición poco inclusiva, con poca sensibilidad
hacia argumentos que arraigan en sentimientos o costumbres que dan
sentido a los pueblos, a la vida de las personas, pero que no se prestan
al cálculo. Estas tienen más que ver con las raíces y las obligaciones per-
sonales (Cortina Orts, 2007 y 2024), antes que con algoritmos sobre lo
más conveniente o lo más efectivo. Frente a la omnipresencia de las in-
teligencias artificiales en una sociedad tecnologizada como la actual, se
encuentra la razón cordial y/o razón encarnada que apela a aquello que
humaniza, desde la corporalidad y el corazón, identificando a los seres
humanos como seres que piensan, razonan y a su vez sienten, se emocio-
nan, posibilitando así la empatía con el otro como primer paso para su
reconocimiento. Pero, es cierto que la empatía es a menudo un término
equívoco y aquí abogamos por el tipo de compasión ética que conecta
directamente con la capacidad crítica, pues razón y corazón; crítica (dis-
cernimiento) y sentimiento se conectan intrínsecamente (Gracia Calan-
dín, 2020 y 2023). Esta conexión se concreta en una forma de educación
sentimental creativa (París Albert, 2022b)
En segundo lugar, ligado a la racionalidad mencionada más arriba
y al propio pensamiento crítico, está el lenguaje y la capacidad del habla,
el logos de los griegos antiguos (de modo muy elocuente, Aristóteles). Es
esa facultad propiamente humana que posibilita a través de la razón y
del lenguaje indagar y distinguir lo justo de lo injusto, lo verdadero de lo
falso, lo dañino de lo bueno. Este logos en tanto se pone en contacto con
otro se transforma en diálogo, y entonces la indagación a través de la ra-
zón y en búsqueda de la verdad, se lleva a cabo de manera intersubjetiva
mediante el lenguaje, la palabra intercambiada, la conversación que posi-
bilita conocer las razones del otro, entenderlo, saber qué siente y cómo se
siente (Tamarit López, 2025).
Es evidente que la competencia dialógica resulta fundamental para
entenderse, resolver conflictos de manera pacífica, llegar a acuerdos, al-
canzar consenso sobre cuestiones controvertidas, comprenderse y empa-
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tizar con las otras personas. Estas acciones constituyen la clave de la vida
democrática y el origen de la participación e implicación de la ciudadanía
en el espacio público (Dewey, 1995; Nussbaum, 2010).
En tercer lugar, una vida en sociedad requiere de cooperación y
de solidaridad, para mantener los vínculos y satisfacer las necesidades
más básicas, sobre todo de los más vulnerables, teniendo en cuenta que
todos requerimos a lo largo de nuestra vida, desde el nacimiento, de la
ayuda de otras personas. Asumir esta vulnerabilidad y la desprotección
que supone la soledad o el aislamiento, resulta patente en momentos de
mayor debilidad, como puede ser una enfermedad, una edad avanzada,
una discapacidad, pero puede afectar a cualquier persona por la propia
condición humana. La ciudadanía debe apostar por mantener cierta co-
hesión social y procesos cooperativos que mantengan los vínculos entre
las personas (Barrientos Rastrojo, 2024). Estos vínculos pueden emanar
de la compasión ética, el reconocimiento, el amor, la amistad, que se cul-
tivan en la vida comunitaria y que unen a las personas. Son los vínculos
los que mueven a la acción solidaria, a asumir la responsabilidad de ac-
tuar en favor de otra persona que lo necesita, porque nos sentimos obli-
gados, unidos a ella por nuestra humanidad compartida simplemente, o
por otros motivos que justifican que nos compadezcamos y hagamos por
mejorar su situación o acabar con una situación injusta (Nussbaum, 2010;
Gracia Calandín, 2020 y 2023).
Para poder establecer estos vínculos y mantenerlos como motor
de la acción cooperativa y solidaria, con vistas a realizar el bien común o
contribuir al bienestar de una persona o colectivo que está sufriendo una
situación injusta, es necesario también el cultivo de ciertos sentimientos
morales. La educación emocional y el cultivo de virtudes cívicas suponen
la clave de bóveda para lograr el reconocimiento recíproco y el respeto
activo entre las personas que pertenecen a una misma comunidad o se
conciben como parte de la humanidad (Tamarit López, 2022; París Al-
bert, 2022b).
Por eso, en cuarto lugar, destaca el cultivo del sentimiento ético de
la compasión y la adquisición del sentido de la justicia, para no quedarse
indiferente ante el sufrimiento ajeno (Gracia Calandín, 2023; Gozálvez
Pérez, 2025). Esto implica ser sensible ante las injusticias y ser capaz de
denunciarlas y actuar en favor de quien se encuentra en desventaja, para
trabajar por la equidad y la igualdad social. En una democracia los otros,
aún con sus diferencias, no pueden pasar desapercibidos, el reconoci-
miento de la igual dignidad de cada una de las personas nos debe empujar
a reclamar libertades, derechos, oportunidades en condiciones equitati-
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vas. El sentido de la justicia nos capacita para indignarnos y la compasión
nos permite comprender el sufrimiento del otro y movernos a la acción.
Finalmente, en quinto lugar, la ciudadanía debe tomar conciencia
de su responsabilidad para con la comunidad, para el logro del bien co-
mún. El reconocimiento, los vínculos, la conciencia de pertenencia con-
ducen a un sentido de la responsabilidad respecto a aquello y aquellos
con los que identificarse, haciendo frente al individualismo o atomismo
que aísla y fragmenta a la sociedad. Esta responsabilidad supone hacerse
cargo de lo colectivo, de la vida comunitaria y de mantener aquello que
la posibilita sin perjuicio de incorporar otros elementos o ampliar hori-
zontes, ya que la actitud debe ser de apertura, crítica y comprensión hacia
la diferencia (Taylor, 2005). De ahí que haya que promover actitudes de
diálogo intercultural, esto es, se requiere de la competencia cosmopolita
(Nussbaum, 2010) que nos amplía la mirada y la identidad desde los más
próximos a los más lejanos, favoreciendo la inclusión y valorando la ri-
queza de la diversidad.
Justificación de la educación ético-cívica
para el cultivo de las competencias democráticas
El desarrollo de competencias democráticas resulta fundamental para el
ejercicio de la ciudadanía, pero estas competencias no se logran si no se
cultivan, si no se educan, porque requieren de hábitos, de cierto entrena-
miento y respuesta ante las situaciones que demandan una acción cívica
(Suárez Montoya et al., 2024).
Por su parte, Teegelbeckers et al. (2025) señalan seis prácticas rele-
vantes para estimular la competencia democrática:
Incorporación significativa
Aportación de múltiples perspectivas
Reflexión sobre soluciones desde puntos de vista divergentes
Recopilación y presentación de información de forma
independiente
Adopción de medidas sociopolíticas
Reflexión crítica sobre el tema tratado
La disciplina idónea para el desarrollo de estas competencias pue-
de ser la educación ético-cívica, en tanto que se enfoca al cultivo de vir-
tudes y de sentimientos morales, al aprendizaje de valores, y toma el razo-
namiento y el diálogo como clave del proceso educativo en este sentido.
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Así, no se trata de adoctrinamiento, sino de argumentar acerca de lo que
entendemos como justo, bueno o correcto (Conroy, 2020).
La educación ético-cívica no se restringe únicamente al contexto
educativo formal, sino que se debe insertar en el seno de la vida comu-
nitaria, también familiar y de la sociedad civil (García López et al., 2011;
Gozálvez Pérez, 2025). Son múltiples los lugares de encuentro en los que
las personas tienen oportunidad para desarrollar sus competencias de-
mocráticas y ejercerlas. Sin embargo, también es cierto que el contexto
educativo supone un lugar propicio y muy oportuno para poder generar
situaciones de encuentro y de diálogo para el aprendizaje de competen-
cias democráticas, en tanto que el proceso requiere de ejercicio, actividad,
quehacer, ya que no solo implica a la persona a nivel cognitivo, también
a nivel emocional, requiere de la presencia del otro para que suceda la
interacción y el reconocimiento. Se debe contar con capacidad real para
actuar, ejercer la competencia en el momento oportuno. Si no se ofrece la
oportunidad para que se lleve a cabo este desarrollo, su aprendizaje queda
incompleto, insuficiente, porque como ocurre con todo hábito, se forja
con el ejercicio y la repetición (Lipman, 2003; París Albert, 2022a).
De nuevo resulta imprescindible un replanteamiento filosófico
acerca de los fundamentos de la educación (Aguilar Gordón y Collado
Ruano, 2025). Más en concreto, para el caso que nos ocupa del cultivo
de competencias democráticas, la educación ético-cívica debe arraigar en
unos fundamentos que permitan justificar el desarrollo de la democra-
cia como marco de organización política en el que desplegar la libertad
y los valores de justicia, igualdad, solidaridad y diálogo (Conroy, 2020).
Estos fundamentos los situamos en el orden de los derechos humanos y
el enfoque del desarrollo humano sostenible basado en las capacidades
(UNESCO, 2015 y 2021).
Por un lado, los derechos humanos sientan las bases de una teo-
ría ética de corte universalista que constituye el fundamento para defen-
der una ética intercultural y un enfoque cosmopolita (Schaffer, 2015), de
apertura hacia la inclusión de otras personas con horizontes culturales
distintos y con cosmovisiones alejadas de la predominante (Nussbaum,
2010). Así, puede abordarse la diferencia que existe en las sociedades plu-
ralistas actuales, sin renunciar a la identidad cultural propia, a aquellos
rasgos distintivos de las personas que conviven en un mismo espacio,
atendiendo a los vínculos que la propia convivencia genera entre ellos y
logrando así cierta cohesión social (Gracia Calandín, 2020).
Por otro lado, la referencia a un desarrollo humano sostenible sig-
nifica apuntar a la necesidad de orientar la finalidad de las acciones cívicas
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a un modelo de desarrollo que se centra en las personas, en sus capacida-
des, como desde hace décadas ha sostenido el enfoque de las capacidades
preconizado, entre otros, por Amartya Sen y Martha C. Nussbaum, en do-
tarlas de oportunidades reales para que puedan llevar la vida que tienen
razones para valorar. De esta manera, lo fundamental es que cuenten con
los elementos que les posibiliten actuar, ser y hacer aquello que les resulta
valioso, que dota de sentido a sus vidas y les ofrece libertad para llevar a
cabo sus planes y proyectos de vida, teniendo en cuenta la sostenibilidad,
esto es, el respeto a las generaciones presentes y futuras y la responsa-
bilidad respecto a la tierra, el medio ambiente y los recursos escasos y
vitales. Bajo este enfoque del desarrollo humano es posible entender la
democracia como medio óptimo para el crecimiento de capacidades, de
oportunidades para las personas, tanto para su desarrollo personal, como
social y económico (Sen, 2000; Nussbaum, 2010).
Finalmente, es fundamental diferenciar entre capacidades —a las
que se aludió en los párrafos anteriores como cuotas de libertad positiva o
libertad real para que las personas efectivamente lleven a cabo sus planes
y proyectos de vida— y competencias o aptitudes. Más en concreto nos
referimos a competencias democráticas. De acuerdo con el Consejo de
Europa (2016), una competencia democrática e intercultural se define:
Como la capacidad para movilizar y utilizar los valores, las actitudes,
las aptitudes, el conocimiento y/o la visión pertinente con el fin de res-
ponder de manera apropiada y efectiva a las exigencias, retos y oportu-
nidades que plantean las situaciones democráticas e interculturales. La
competencia se aborda como un proceso dinámico en el que una perso-
na competente moviliza y utiliza una serie de recursos psicológicos de
una manera activa y flexible para responder a nuevas circunstancias a
medida que surjan (p. 6).
El arte de la conversación como clave
de la vida democrática
En apartados anteriores se ha comentado que el diálogo es una de las
herramientas más poderosas en la vida democrática. Se considera la clave
en tanto que la ciudadanía recurre a la palabra para exponer sus puntos
de vista, sus opiniones, así como para escuchar las de otros, sobre temas
relacionados con la política o no necesariamente. El diálogo no tiene que
suponer enfrentamiento ni discusión, aunque en el intercambio de razo-
nes o pareceres puede surgir la contrariedad o la diferencia de criterios o
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concepciones sobre una misma cuestión. En estos casos la competencia
dialógica nos ayuda a seguir avanzando en ese intercambio sin que quede
truncado ni se acabe con la conversación. Más bien debe suceder lo con-
trario, el diálogo nos debe aproximar en tanto que exponemos libremente
lo que pensamos, siempre y cuando respetemos unas condiciones para
que realmente se produzca un diálogo fructífero. A la luz de Boontinand
y Forstenzer (2024), estas condiciones necesarias son: el respeto activo, la
escucha y la sinceridad en la exposición de aquello que pensamos, hablar
desde el pensamiento propio, la argumentación y la justificación de nues-
tras opiniones e ideas, revisar y reflexionar sobre aquello que pensamos
críticamente, y la capacidad de cambiar nuestro punto de vista, alcanzar
acuerdos o aceptar el disenso sin minar la convivencia pacífica o caer en
las actitudes violentas2.
Al lector le puede parecer que conversar es algo cotidiano, aprendi-
do casi por ósmosis debido a la naturaleza social, sin embargo, conversar
no es algo tan automático ni se adquiere de forma espontánea. Es cierto
que el ser humano aprende a hablar en tanto que pasa por un proceso de
socialización. Se adquiere un lenguaje desde la infancia, pero esto no con-
vierte a los hablantes en buenos conversadores. Incluso un buen manejo
y uso del lenguaje en la edad adulta no es suficiente para desenvolverse
de manera adecuada en la conversación o el diálogo (se emplean ambos
conceptos de manera equivalente). La conversación, por tanto, requiere
de un proceso de aprendizaje práctico, por eso se dice que es un arte, un
quehacer que hay que cultivar, si se quiere desarrollar de manera adecua-
da, y su práctica requiere del dominio de cierta técnica, saber hacer.
Si la democracia exige diálogo, conversación para escapar de los
autoritarismos, modos de dominación populista o manipulaciones dis-
cursivas, está claro que hay que fomentar ese arte de conversar. La delibe-
ración como método o recurso que forma parte de la vida democrática
requiere revisión y superación de obstáculos y barreras, que no siempre
son visibles, pues aparecen prejuicios y preconcepciones que limitan el
intercambio dialógico (Lipman, 2003; Gozálvez Pérez, 2025; Gozálvez Pé-
rez et al., 2023).
Ahora bien, también es fácil confundir y caer en la trampa de creer
que el aprendizaje del arte de la conversación resulta ser mera retórica.
Entonces, es fácil perderse en las coordenadas de la manipulación, la lu-
cha dialéctica, la ridiculización del contrario y la incapacidad para lograr
acuerdos consensuados que nos permitan avanzar hacia la consecución
del bien común. La retórica es un arte también, pero con fines distintos,
como señalaba Platón en su célebre diálogo Gorgias. Quien se aproxima
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a la retórica no siempre lo hace con la intención de buscar la verdad o
de encaminarse hacia el bien común, no trata tanto de atender qué tiene
que decir el otro, sino de vencerle y convencerle del pensamiento propio,
como si albergase ya las razones suficientes para ser mantenido de mane-
ra unánime. Esto imposibilita que la práctica sea dialógica, pues no hay
un intercambio que posibilite el acuerdo o el encuentro de lugares comu-
nes a través de la razón y por medio de la palabra, porque quien debate ya
tiene claro su punto de partida y su punto de llegada.
Aprender a conversar conduce a una situación en la que prime-
ramente hay que reconocer y respetar al otro como un interlo-
cutor válido.
En segundo lugar, desde este respeto hay que saber escuchar
activamente y responder desde el propio pensamiento, aten-
diendo a lo que ha transmitido la otra persona y reflexionando
sobre la propia postura a la luz de las diferencias.
En tercer lugar, conviene perseguir un acuerdo o al menos una
intención de avanzar en el intercambio de ideas, opiniones o ra-
zones sobre aquello que se está conversando, comprendiendo la
postura del otro y ampliando así el horizonte de sentido desde
el que se enmarca en la conversación.
La educación se debe ocupar de este aprendizaje dialógico, con la
finalidad que hemos señalado anteriormente (Teegelbeckers et al., 2025).
Este arte que hay que dominar en sociedades democráticas para facili-
tar la convivencia, la comprensión y el entendimiento mutuo, requiere de
conocimiento y de procedimiento en un marco donde impere el respeto
activo, más que la estricta tolerancia del otro (Forst, 2014).
El conocimiento se traduce en las actividades de indagación, bús-
queda de información y activación del pensamiento crítico para analizar
y discriminar datos o fuentes (Valles Molina y Rivas Lara, 2025; París
Albert, 2022a).
Por otro lado, el procedimiento se traduce en fomentar lugares de
encuentro en los que practicar la conversación, el intercambio de voces
e ideas, trabajando el modo de expresión de ideas y de opiniones, argu-
mentando sobre aquello que se expone y matizando para su mejor com-
prensión de acuerdo con el contexto en el que se desarrolle. Esta práctica
solo es posible si se pone a las personas en la situación de conversar, cara
a cara, esto es, si se produce de manera efectiva el encuentro con el otro
con la intención de dialogar.
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Finalmente, los lugares de encuentro en los que poder hacer este
ejercicio intersubjetivo se han de propiciar en el seno de la sociedad civil, en
los espacios de convivencia real que existen como son la escuela, las asocia-
ciones cívicas, las agrupaciones vecinales, pero también en las instituciones
y en el ámbito empresarial. Se trata de contextos en los que se han de lograr
acuerdos y encontrar puntos en común para construir comunidad.
Para este tipo de práctica, en cualquier caso, resulta muy propicio
el contexto educativo, donde elaborar propuestas innovadoras de educa-
ción en filosofía que promuevan la práctica dialógica y la adquisición de
competencias democráticas. El uso de metodologías activas de carácter
deliberativo que apunten a experiencias educativas de éxito —por ejem-
plo, la propuesta de Lipman (2003) de las comunidades de indagación
que estimulan la reflexión, el pensamiento crítico y la cooperación en
grupo a partir de la práctica deliberativa— es clave para implementar la
conversación y el diálogo en el seno del aula y en los procesos de enseñan-
za-aprendizaje para la vida democrática (Tamarit López, 2025).
Asimismo, hay que considerar la innovación educativa aplicada
a este tipo de propuestas pedagógicas vinculándola críticamente con el
compromiso social que supone su aplicación en la mejora social. No se
trata de innovar sin más, o con el simple objetivo de mejorar el rendi-
miento académico y la adquisición de competencias, sino de trasladar a
los estudiantes el trasfondo axiológico y transformador de la educación
para el futuro social y los logros colectivos como comunidad que busca el
bien común y la justicia (Jasso Alfieri et al., 2025).
La resolución pacífica de conflictos
como competencia democrática
Una de las competencias democráticas que apunta el Consejo de Eu-
ropa (2016) es la habilidad de resolver conflictos de manera pacífica,
lo que supone escuchar a las partes y buscar acuerdos, reduciendo las
posibilidades de que la violencia o la intolerancia se impongan en las
situaciones conflictivas que ineludiblemente van a surgir en la convi-
vencia (Galtung, 2003).
La educación para la filosofía de la paz resulta fundamental en el
contexto actual, en el que la polarización y los radicalismos en contextos
plurales generan disensos y choques interculturales e ideológicos que hay
que reconducir, para evitar una respuesta violenta o discriminatoria ha-
cia la diferencia. Se trata de impulsar aquellas metodologías y estrategias
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educativas, como son la mediación o las prácticas restaurativas, que fo-
menten el cultivo del arte de hacer las paces, desde la perspectiva de una
cultura de la paz, que considera que los seres humanos somos capaces de
tratarnos con ternura y cuidado, pero también con justicia y equidad, a
nivel personal y a nivel institucional (Martínez Guzmán, 2009 y 2015; Pa-
rís Albert, 2022a y 2025; Steele y García, 2024; Comins Mingol, 2009). Por
eso es posible hacer frente a la violencia creciente y a las lacras sociales
que la acompañan, como, por ejemplo: la exclusión, la discriminación, la
pobreza o la marginación. No se trata de un objetivo utópico, sino realista
y propio de una sociedad democrática que persigue la realización de los
derechos humanos y los valores ético-cívicos.
De nuevo la escuela se presenta como un contexto idóneo para
trabajar esta cultura de la paz y dotar a las personas con habilidades como
las que requiere la mediación y la restauración, a saber, el diálogo, la em-
patía, la capacidad de reconocimiento del otro, el valor del respeto activo
y el cuidado del otro y de las relaciones interpersonales. El enfoque de la
filosofía para niños nos ofrece una metodología que permite avanzar en
esas actitudes y competencias que posibilitan a las personas concebirse
como mediadoras (Valles Molina y Rivas Lara, 2025; Orts García, 2025),
capaces de afrontar los conflictos desde la reflexión y la empatía para co-
laborar con el otro y buscar acuerdos que posibiliten la resolución y, lle-
gado el caso, la restauración del daño y de las relaciones afectadas. Por lo
tanto, se trata no solo de resolver, sino también de recuperar y reinventar
nuevas formas de relación que permitan comprender al otro y convivir de
manera que cada uno pueda desarrollar su proyecto vital sin afectar a los
fundamentos de la vida democrática (Vázquez Recio et al., 2024).
En este sentido, resulta muy enriquecedor el enfoque de “filoso-
fía para hacer las paces de Martínez Guzmán (2009 y 2015), como afir-
ma Sonia París Albert (2025), ya que posibilita orientar la educación a
la construcción de entornos sociales pacíficos, ambientes en los que las
personas desarrollen sus capacidades para la paz y no para la violencia,
cuando se enfrentan a situaciones de conflicto. De este modo, se constru-
yen sociedades donde la presencia de los medios y los ambientes pacíficos
es más perceptible y se considera una opción real frente a la violencia.
La misma que, desgraciadamente, es más llamativa, más visible en los
medios de comunicación, más presente entre las opciones de vida que
percibe la ciudadanía, en ocasiones sin oportunidad de apreciar otras po-
sibilidades a la hora de escoger un curso de acción. Siguiendo a Herrero
Rico (2021), París Albert (2025) considera a este respecto, en relación con
el papel de la educación para conseguir el logro de estas capacidades pa-
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cíficas, la importancia que tienen las dinámicas pedagógicas de filosofía
para hacer las paces, así como la vinculación de su desarrollo con el fin
de la justicia social:
Me refiero, por ejemplo, a dinámicas pedagógicas que alimentan la coo-
peración, la percepción, la empatía, la escucha activa, los poderes inte-
grativos, la comunicación no violenta, el reconocimiento, etc. (Herre-
ro Rico, 2021). Es decir, toda una serie de competencias que, al mismo
tiempo, son condición sine qua non para la justicia social (París Albert,
2025, p. 6).
En el medio educativo la resolución pacífica de conflictos se tradu-
ce en dinámicas de mediación escolar que resultan un recurso importan-
te para la convivencia positiva en estos contextos, y a su vez, un aprendi-
zaje para el alumnado como ciudadanía que puede y sabe responder de
modos pacíficos, desde la paz positiva, con capacidad para escoger la paz
y no la violencia como elección real y efectiva en su conducta (París Al-
bert, 2022a). Se trata, en definitiva, de educar en la violencia y no para la
violencia. Esto supone, según París, mostrar manifiestamente la violencia
como existente y ante la que hemos de aprender a responder, a ser posible
sin más violencia.
A su vez, la mediación escolar se vincula con la competencia dialó-
gica y el pensamiento crítico, a los que aludíamos en párrafos anteriores
y que nos liberan de prejuicios y barreras ideológicas (Fisher, 2007). La
mediación escolar no funciona si no mostramos que el valor del diálogo
en una sociedad democrática y para la convivencia positiva, requiere del
cultivo de sentimientos morales y de competencias emocionales como la
empatía, la compasión o la indignación.
La educación emocional como clave
para fomentar la inclusión y la cultura de la paz
Rafael Bisquerra (2008 y 2011) considera que la educación emocional im-
plica una educación para la vida, fundamental para la ciudadanía. Esto
supone preparar a las personas para que respondan a las necesidades so-
ciales que se les puedan presentar a lo largo de su vida, teniendo en cuenta
que se trata de seres sentientes y emocionales. La educación emocional
se concibe entonces como un proceso educativo, continuo y permanen-
te, que pretende potenciar el desarrollo de las competencias emocionales
como elemento esencial del desarrollo integral de la persona, con objeto
de capacitarle para la vida.
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El desarrollo de competencias emocionales básicas pretende redu-
cir la vulnerabilidad de la persona a situaciones de sufrimiento emocio-
nal que la expongan a disfunciones como el estrés, la impulsividad, la
agresividad, y que generan emociones de efectos nocivos para el bienes-
tar personal. Por otra parte, el objetivo último de la educación emocio-
nal consiste en una maximización de las tendencias constructivas y una
minimización de las destructivas, procurando un mayor conocimiento
y gestión de las emociones, una mayor habilidad para generar emocio-
nes positivas y reducir el riesgo y el efecto de las negativas, una capa-
cidad mayor para automotivarse y adoptar una actitud positiva ante la
vida. Además, existen estudios que vinculan la educación emocional con
el rendimiento académico y los logros académicos exitosos, gracias a la
regulación y gestión emocional que consigue la persona a partir de pro-
puestas psicoeducativas e intervenciones que la capacitan para un mayor
manejo del estrés y tolerancia a la frustración, por citar un ejemplo, inclu-
so en ámbitos de educación superior (Rojas Cadena et al., 2024; Ferragut
y Fierro, 2012).
Por otro lado, de acuerdo con Nussbaum (2014), existen emocio-
nes políticas que favorecen la convivencia positiva, como la compasión
o el amor, y otras que emanan cuando precisamente ocurre el conflicto,
a saber, la vergüenza, el odio, el asco. Ambas merecen la atención de la
educación que se toma en serio la formación y el desarrollo integral de
las personas pensando en el bien común y en el ámbito público (París
Albert, 2022b).
Los programas de educación emocional que presenta Bisquerra
(2008 y 2011) son especialmente pertinentes, porque se desarrollan opera-
tivamente en el ámbito educativo y se centran en el cultivo y la adquisición
de competencias emocionales básicas como: la conciencia emocional, la
regulación de las emociones, la automotivación, las habilidades socioemo-
cionales y las relaciones entre emoción y bienestar subjetivo (condiciones
para el desarrollo de experiencias óptimas, acción para el bienestar).
Para lograr el éxito de estos programas se requiere además de una
combinación de innovación educativa en todos los niveles, ya que no
todas las metodologías combinan igual con la educación emocional ni
favorecen de la misma manera la inclusión educativa (Ferragut y Fierro,
2012). Pedagógicamente resultan más exitosos aquellos recursos que re-
quieren una mayor participación e implicación activa del estudiante en
el proceso de aprendizaje y de construcción del conocimiento (Moraga y
Soto, 2016). Los trabajos cooperativos, en equipo, aquellos que promue-
ven la automotivación y la conciencia emocional del alumno, de manera
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que aprenda a comprenderse y comprender mejor a los otros, constituyen
herramientas pedagógicas valiosas para la inclusión y el éxito educativo
(Tamarit López, 2022). El alumnado que aprende a desenvolverse en este
tipo de metodologías, acaba por tornarse más empático, desarrolla habi-
lidades que le permiten asumir su responsabilidad y tomar conciencia de
cuáles son sus capacidades y valorarlas, mejorando su autoestima y apre-
ciando también el valor de los otros. De esta manera, va forjándose un ca-
rácter más autocrítico, autoconsciente y responsable, con autonomía para
tomar sus propias decisiones y apreciar las decisiones para la comunidad.
Se aprende a alcanzar acuerdos en cooperación con otros y considerando
otros modos de afrontar situaciones o problemas, saliendo de la postura
egocéntrica y ampliando el horizonte de sentido.
Estos aprendizajes son clave también para educar a una ciudada-
nía activa y responsable. Los programas de educación emocional que se
desarrollan en las aulas, como ya hemos dicho, persiguen el bienestar
emocional, social y personal, de los miembros de la comunidad educativa
(Ferragut y Fierro, 2012). Esta mejora del bienestar promueve una convi-
vencia positiva, en tanto que previene de una serie de disfunciones y así
mismo empodera a las personas para abordar y resolver los conflictos de
manera pacífica. Por eso no solo se incluye a las personas, sino también se
promueve una cultura de paz.
Las personas que desarrollan su inteligencia emocional cuentan
con habilidades socioemocionales que les permiten comprenderse mejor
a sí mismas y expresar sus sentimientos y emociones de forma asertiva.
También son más empáticos y comprenden mejor a los otros, tomando en
cuenta esos otros intereses y resolviendo los posibles conflictos que surjan
de manera pacífica, minimizando la violencia y poniendo en valor el diá-
logo. Sin embargo, resulta imprescindible asociar este tipo de educación
emocional con una educación ético-cívica que la sustente, que la justifique
desde razones que conectan con los fundamentos de una sociedad demo-
crática. Por consiguiente, no solo se trata de lograr bienestar, emocional o
social, sino también de vivir bien, en el sentido ético estricto, esto significa
alcanzar una vida buena, realizar un proyecto vital, que razonablemente
valoramos (Tamarit López, 2022). De esta manera, se adquiere un com-
promiso con unos valores éticos que apreciamos y que en las sociedades
democráticas se encarnan en la realidad compartida como fundamento
de toda vida buena. Estos valores ético-cívicos, ya mencionados anterior-
mente en diversas ocasiones en este escrito, son: el respeto, la igualdad, la
solidaridad, la compasión, la justicia, la libertad y la integridad (Santis-
teban et al., 2018). Los valores permiten al ser humano acondicionar el
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mundo, ajustándolo para poder vivir de manera plena en él. Le brindan la
oportunidad de ser más feliz, de llenar de sentido su vida y de degustar y
estimar una realidad que se le muestra como valiosa o que clama por esos
valores para lograr la paz, como elemento clave para la transformación y
adecuación de la realidad a las demandas de la humanidad.
Este aprendizaje de valores en la escuela requiere tanto un esfuerzo
de transmisión, como de descubrimiento y degustación de los mismos
por parte de los alumnos. Se persigue, en definitiva, el desarrollo de su
capacidad estimativa que posibilita tanto la degustación como el recono-
cimiento en la realidad de lo que es valioso. Por otro lado, a esto hay que
sumar la educación en la reflexión y el razonamiento crítico. La combi-
nación de la educación emocional con la educación ética, apunta a una
formación integral de la persona, con aspiraciones de vida buena y con
posibilidades de lograrla en tanto que se la empodera con capacidades
morales, emocionales y sociales (Gracia Calandín y Tamarit López, 2021).
Esta ciudadanía tiene la posibilidad de desarrollar, por tanto, una
imaginación compasiva, que favorece el reconocimiento mutuo y el res-
peto activo. Si se pone en marcha, esta imaginación compasiva despierta
la empatía del sujeto y le lleva a la reflexión ética, porque los relatos de
otros le interpelan, le impulsan a pensar y actuar sin dejar al margen su
emotividad, ni sus sentimientos morales. Se trata, por tanto, de educar
en la compasión, en la virtud ética que posibilita el reconocimiento de
la dignidad de toda persona humana (Gracia Calandín, 2020, p. 125).
Quien se educa de este modo, no solo siente indignación ante la injusticia,
también se siente comprometido con quienes la sufren, se siente respon-
sable y obligado a prestar ayuda, a actuar en favor de la víctima.
En primer lugar, la propia educación en humanidades posibilita
el cultivo de la imaginación, la reflexión y el razonamiento, a
partir de relatos, recursos artísticos, situaciones de aprendizaje
que apelen a la memoria histórica o al análisis de la situación
actual (Nussbaum, 2010 y 2014).
En segundo lugar, el trabajo a partir del planteamiento de di-
lemas morales estimula el pensamiento crítico y alternativo, el
razonamiento ético, el reconocimiento de valores y el desarro-
llo de la empatía y el sentido de la justicia.
En tercer lugar, las metodologías de carácter dialógico y las ba-
sadas en rutinas de pensamiento y cultura del pensamiento.
(Moraga y Soto, 2016), también permiten cultivar capacidades mo-
rales fundamentales, la reflexión personal y social, e incluso la metacogni-
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ción y modificación de conductas (Jerome et al., 2024). Queda justificada,
por todo ello, la importancia de crear un clima de trabajo y de reflexión
en el ámbito educativo, donde las rutinas y destrezas propuestas en el aula
pasen a formar parte de las herramientas de la propia persona, logrando
con ello que el aprendizaje sea aplicable a otras situaciones de la vida,
buscando así las opciones más adecuadas para el propio individuo y para
la comunidad.
Conclusiones
El aprendizaje para la vida democrática tiene que resultar significativo
para el alumnado, con un claro fundamento ético e integral, y ocuparse
de las diferentes esferas de las vidas de las personas y de la comunidad. En
este escrito se han expuesto las competencias democráticas que se preci-
san para el desarrollo de la vida en democracia y el ejercicio de la ciuda-
danía de manera activa, responsable, justa y solidaria.
Esta adquisición de competencias requiere de un contexto como
el que se genera en el ámbito educativo, en tanto que posibilita el en-
cuentro de las personas en un clima de interculturalidad, con toda la di-
versidad que aporta una sociedad pluralista como la actual. Para ello, se
presentan una serie de propuestas pedagógicas que ponen el centro en
las personas, en su dignidad y el respeto que merecen. Pero, asimismo,
las propuestas ahondan en la necesidad de cultivar el razonamiento, el
pensamiento crítico, el diálogo y el desarrollo emocional y virtuoso que
posibilite el aprendizaje de valores y su degustación y apreciación en la
realidad. Es importante poner el acento en la innovación educativa en
filosofía, al menos en lo que respecta a la educación ética, y ponerse al
servicio del aprendizaje competencial con el que hacer frente a la cri-
sis de la democracia en el siglo XXI (UNESCO, 2021). Los avances en
neuroeducación y en neuroética concretamente, deben ser tenidos en
cuenta en el desarrollo de la enseñanza de la filosofía y en la educación
para la ciudadanía (Gracia Calandín, 2020). No se puede prescindir pre-
vio al diseño de propuestas pedagógicas para la educación ético-cívica
de una reflexión profunda sobre cuáles son los fines de la educación y
a qué necesidades y situaciones debe responder la ciudadanía de una
sociedad democrática.
Los educadores, por tanto, tienen el compromiso de formarse y de
hacer de las aulas y los centros educativos espacios seguros y libres, don-
de el abordaje de los conflictos, su resolución y su restauración sean un
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ejemplo para los alumnos como futuros ciudadanos, una elección valiosa
respecto a otras opciones violentas que no respetan la dignidad humana
o que se perpetúan por los prejuicios y las lacras sociales que alimentan
(Vázquez Recio et al., 2024). Los mismos educadores deben constituirse
como referentes para los estudiantes, así como el centro educativo que,
a su vez, tiene que establecer cuál es el carácter ético que le define y los
principios ético-cívicos sobre los que se asienta su proyecto educativo
(Jerome et al., 2024). En el caso de los centros educativos de Estados de-
mocráticos, estos deben respetar, tanto la legalidad que los regula como
la legitimidad que los justifica como lugares donde cultivar humanidad y
ciudadanía democrática. Deben descartar la manipulación, el adoctrina-
miento o la mera instrucción con que los centros formativos se eximen de
su responsabilidad con la democracia, diciéndose imparciales o neutrales
respecto a cuanto sucede en el mundo.
Asimismo, las escuelas se tienen que definir como lugares don-
de enriquecerse y crecer como persona, donde abastecerse de recursos
para desarrollar competencias y capacidades, con la finalidad de tomar
conciencia de la propia vida y de la de la comunidad (Gracia Calandín
y Tamarit López, 2021). Esto significa autoconcebirse como ciudadanía
activa y responsable en el seno de una democracia que exige justicia y
solidaridad, a partir de prácticas como el diálogo, los proyectos coopera-
tivos y de investigación o el aprendizaje servicio, que reconoce el valor y el
significado de lo aprendido, del conocimiento, poniéndolo precisamente
al servicio de las necesidades de la comunidad (Jerome et al., 2024).
La sociedad en su conjunto, y en concreto los que trabajan en
educación deben asumir la responsabilidad que les compete para que
la democracia no se agote por los populismos ni los autoritarismos in-
cipientes (Gozálvez Pérez et al., 2023). Los jóvenes deben despertarse
críticamente y abrirse a un medio democrático que los anime a compro-
meterse, a huir de la indiferencia y del pensamiento único y uniforme
que anula la riqueza de la diversidad. Esto puede ensayarse en la escuela,
donde el encuentro para el diálogo es clave, para descubrir y conocer al
otro desde la interculturalidad, para tender puentes entre la justicia y el
cuidado y practicarlo, hacerlo un hábito, forjarse un carácter virtuoso.
De este modo es posible generar cultura de paz, cultura democrática, en
definitiva, el humus necesario para una convivencia positiva que persi-
gue el desarrollo humano y sostenible, sin dejar atrás o a un lado a nadie,
buscando la inclusión y la realización de los valores fundamentales de
una ética cívica.
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Notas
1. Podemos encontrar datos al respecto en el Informe de la Alta Comisionada de las
Naciones Unidas para los Derechos Humanos (https://bit.ly/4nU8isK). También
encontramos datos interesantes al respecto en el Foro sobre los Derechos Huma-
nos, la Democracia y el Estado de Derecho (https://bit.ly/3PLH9f8).
2. “To effectively educate about, through and for human rights and democracy and,
hence, to engage in the art of violence reduction requires young people to seriously
engage in relational deliberative work. Instead of merely telling students that human
rights, democracy or peace are values that should be upheld and that violence is to be
condemned, schools ought to give young people the opportunity to learn to delibera-
te together, to solve problems together, and to learn to give good reasons for why they
believe in and for what they wish to do (Boontinand y Forstenzer, 2024, p. 695).
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Autora Contribuciones
Isabel Tamarit López
La elaboración completa del artículo es de
autoría individual, en tal sentido, el conteni-
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siva responsabilidad de la autora.
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Declaración de uso de inteligencia articial
La autora Isabel Tamarit López, del artículo titulado: “El cultivo de competencias
democráticas en la sociedad del siglo XXI”, ingresado en el OJS de la revista Sophia,
Colección de Filosofía de la Educación, para la revisión y evaluación dentro del pro-
ceso editorial, declara que la elaboración del documento se apoyó con inteligencia
artificial (IA), en un nivel de 0 %.
Fecha de recepción: 15 de julio de 2025
Fecha de revisión: 20 de septiembre de 2025
Fecha de aprobación: 22 de noviembre de 2025
Fecha de publicación: 15 de julio de 2026