Sophia 41: 2026.
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https://doi.org/10.17163/soph.n41.2026.08
el deClive de la razón bajo el Poder algorítmiCo
en la demoCraCia ContemPoránea
The Decline of Reason under the Algorithmic Power
of Contemporary Democracy
V H N*
Academia Nacional de Política Ho Chi Minh,
Academia de Periodismo y Comunicación, Hanoi, Vietnam
https://ror.org/03hgy0s07
hvbctt@ajc.edu.vn
https://orcid.org/0009-0001-7986-8907
Forma sugerida de citar: Nguyen, Van Hanh. (2026). El declive de la razón bajo el poder algorítmico en la
democracia contemporánea. Sophia, Colección de Filosofía de la Educación, (41),
pp. 277-308.
Resumen
El presente trabajo analiza el declive contemporáneo de la razón en el contexto del poder algorítmico que
caracteriza a la era digital. Una vez fundamentadas la libertad humana y la agencia moral, la razón se encuentra
hoy subordinada a la racionalidad instrumental, encarnada en algoritmos diseñados para optimizar la eficiencia,
la predicción y el control. La justificación del tema radica en la necesidad urgente de comprender cómo esta
transformación tecnológica afecta la autonomía humana, el pensamiento crítico y la vida democrática. El objetivo
del estudio es explorar las implicaciones filosóficas y políticas de esta transformación mediante un enfoque
teórico-conceptual, sustentado en el análisis crítico de fuentes filosóficas contemporáneas. La metodología
utilizada combina la revisión bibliográfica y la reflexión argumentativa. El artículo se organiza a partir de cuatro
proposiciones: 1) el poder algorítmico prolonga la lógica de la razón instrumental y actúa como mecanismo
de control biopolítico; 2) la razón crítica se debilita progresivamente ante la automatización de los procesos
de pensamiento; 3) esta transformación genera una crisis epistémica y política que afecta la razón pública y la
responsabilidad moral; 4) defender la democracia digital requiere una pedagogía centrada en la reflexión ética,
la agencia epistémica y la educación crítica. Se concluye que revitalizar la razón es condición necesaria para
enfrentar los desafíos de la era algorítmica.
Palabras clave
Poder algorítmico, razón pública, democracia, capitalismo digital, educación crítica, control biopolítico.
* Es profesora e investigadora en el Departamento de Socialismo Científico de la Academia de
Periodismo y Comunicación de Hanói (Vietnam). Su investigación se centra en la filosofía polí-
tica, la teoría marxista, el capitalismo digital, el poder algorítmico, la democracia, la inteligencia
artificial y las crisis democráticas contemporáneas desde perspectivas interdisciplinarias, que
combinan filosofía, teoría política y estudios de la comunicación.
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El declive de la razón bajo el poder algorítmico en la democracia contemporánea
e Decline of Reason under the Algorithmic Power of Contemporary Democracy
Abstract
e present article analyzes the silent decline of reason under the influence of algorithmic
power in the digital age. Once the foundation of human freedom and moral agency, reason is
now increasingly subordinated to instrumental rationality embodied in algorithms designed
for efficiency, prediction, and control. is topic is justified by the urgency of understanding
how technological mediation affects autonomy, critical thinking, and democratic participation.
e objective of the study is to examine the philosophical and political implications of this
transformation. e methodology combines conceptual analysis and critical reflection based on
contemporary philosophical sources. Four main propositions are developed: 1) algorithmic power
extends the logic of instrumental reason and functions as a mechanism of biopolitical control;
2) critical reason is silently eroded by automated systems that limit reflective judgment; 3) this
erosion contributes to an epistemic and political crisis in which public reason is manipulated
and moral responsibility fragmented, thereby weakening democracy; and 4) reclaiming reason
requires ethical reflection, epistemic agency, and a democratic pedagogy grounded in critical and
moral education. e article concludes that defending democracy in the digital age requires more
than regulatory frameworks—it demands a deep and sustained revitalization of reason as a central
pillar of civic life.
Keywords
Algorithmic power, Public reason, Democracy, Digital capitalism, Critical education.
Introducción
La democracia no solo depende de las instituciones, sino también de la
vitalidad de la razón pública: la capacidad de los ciudadanos para pensar
de forma crítica, distinguir la verdad de la falsedad y asumir la responsa-
bilidad moral en la vida pública. En la era algorítmica, este fundamento
se ve cada vez más amenazado. A medida que las plataformas digitales
median el discurso público a través de algoritmos opacos diseñados para
maximizar la participación y el control, la razón se ve sutilmente reconfi-
gurada. Estos sistemas potencian modos de pensamiento instrumentales,
emocionales y polarizados, lo que erosiona la deliberación racional y fo-
menta la pasividad epistémica.
Este artículo sostiene que la gobernanza algorítmica de la comu-
nicación pública contribuye a lo que podría denominarse la muerte si-
lenciosa de la razón: una erosión gradual del pensamiento crítico que
permanece en gran medida invisible para quienes se ven afectados. Los
individuos creen que actúan libremente, pero sus percepciones y decisio-
nes están moldeadas por una lógica algorítmica que escapa de su concien-
cia. El problema central que se aborda aquí es cómo el poder algorítmico
transforma las condiciones cognitivas de la participación democrática y
debilita la agencia epistémica y moral de los ciudadanos. El objetivo de
este estudio es ofrecer un análisis filosófico y político de esta transfor-
mación, planteando la hipótesis de que defender la democracia en la era
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digital requiere algo más que soluciones normativas: exige una revitali-
zación fundamental de la razón como imperativo ético, epistemológico y
pedagógico. Esta reflexión resulta especialmente oportuna en un contex-
to en el que los sistemas democráticos de todo el mundo se enfrentan a
crisis de confianza, polarización y desinformación, crisis exacerbadas por
la organización algorítmica del conocimiento y la visibilidad. Desde el
punto de vista metodológico, se trata de un estudio conceptual y teórico-
crítico basado en la filosofía política, la teoría de los medios de comunica-
ción y la epistemología. Emplea el análisis documental, la reconstrucción
conceptual y el razonamiento normativo para examinar las implicaciones
epistémicas y políticas de la mediación algorítmica.
El artículo se estructura en cuatro secciones. La primera examina
cómo el poder algorítmico encarna y amplía la lógica de la racionalidad
instrumental, transformando el entorno cognitivo de la sociedad con-
temporánea. La segunda analiza la erosión silenciosa de la razón en la
era algorítmica, destacando sus efectos sutiles pero profundos sobre el
pensamiento crítico y la autonomía. La tercera sección explora el víncu-
lo entre la pasividad epistémica y la fragilidad democrática, mostrando
cómo los sistemas de conocimiento impulsados por algoritmos socavan
la deliberación democrática. Por último, la cuarta sección propone una
respuesta normativa: la revitalización de la razón como imperativo ético,
epistémico y educativo esencial para restaurar la responsabilidad demo-
crática en la era digital.
Este artículo aborda el problema de cómo los sistemas algorítmi-
cos reconfiguran la razón pública y la agencia democrática en las socie-
dades digitales contemporáneas. Se pregunta: ¿cómo contribuye el poder
algorítmico a la erosión de la razón crítica y qué respuestas normativas
se requieren para defender la democracia en la era digital? El artículo
sostiene que la gobernanza algorítmica amplía la lógica de la racionalidad
instrumental y el control biopolítico, debilitando así la autonomía epis-
témica y la responsabilidad moral. Su principal contribución radica en
integrar la teoría crítica, la biopolítica y los estudios sobre el capitalismo
digital en una crítica filosófica unificada de la democracia algorítmica.
Fundamentación teórica
Este estudio se basa en la teoría crítica, en particular en la tradición de
la escuela de Frankfurt. Horkheimer y Adorno (2002) identificaron el
auge de la razón instrumental como una amenaza para la autonomía y
la emancipación en las sociedades modernas. En su análisis, la raciona-
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El declive de la razón bajo el poder algorítmico en la democracia contemporánea
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lidad, despojada de su función crítica y emancipadora, se convierte en
una herramienta de dominación. Esta idea sigue siendo profundamente
relevante en la era digital, donde los sistemas algorítmicos intensifican la
lógica de la eficiencia, la predicción y el control a expensas de la delibera-
ción y la reflexión.
Como complemento a esta visión, Habermas (1984, 1987, 1989 y
1996) destacó la importancia normativa de la racionalidad comunicativa
y la esfera pública como condiciones previas para la vida democrática. La
mediación algorítmica, al promover contenidos emocionales y polariza-
dos al tiempo que suprime la comunicación orientada al discurso, socava
las condiciones de la acción comunicativa y la razón pública.
La teoría de la biopolítica de Foucault (2008) aclara aún más cómo
el poder en las sociedades contemporáneas opera no mediante la represión
directa, sino a través de la gestión del conocimiento y la subjetividad. En
este sentido, la gobernanza algorítmica puede interpretarse como una nue-
va forma de biopoder algorítmico: un modo de regulación que opera a tra-
vés de la dataficación y el control predictivo (Yeung, 2018; Zuboff, 2019).
Estudios recientes también han destacado el papel de las infraes-
tructuras digitales en el refuerzo de la desigualdad epistémica y la mani-
pulación cognitiva. El concepto de capitalismo de vigilancia de Zuboff
(2019), la crítica al colonialismo de datos de Couldry y Mejías (2019) y la
teoría crítica de la tecnología de Feenberg (2005), proporcionan marcos
importantes para comprender cómo los sistemas basados en datos rees-
tructuran las relaciones sociales y la autoridad epistémica. Además, la di-
fusión de la desinformación y la cognición tribalizada (Zollo et al., 2017;
Ecker et al., 2022; Wardle y Derakhshan, 2017) revela las consecuencias
epistemológicas de la curación algorítmica de contenidos.
En resumen, este marco teórico integra críticas a la razón instru-
mental, al control biopolítico y a la regulación algorítmica para examinar
cómo la lógica del capitalismo digital erosiona la razón pública, debilita
la participación democrática y fragmenta la responsabilidad moral. En
lugar de tratar el declive de la razón como un fenómeno puramente tec-
nológico, este estudio lo sitúa dentro de transformaciones estructurales
más amplias del conocimiento, el poder y la agencia política.
Metodología
Este estudio adopta un enfoque teórico y crítico que combina la revisión
bibliográfica, el análisis del discurso, la hermenéutica crítica y la crítica
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ideológica para examinar la erosión de la razón pública bajo el poder al-
gorítmico. El análisis se basa en un fundamento teórico diverso, inspirán-
dose en la escuela de Frankfurt —en particular en las teorías críticas de
Adorno, Marcuse y Habermas— cuyas reflexiones sobre la razón instru-
mental, la industria cultural y la acción comunicativa proporcionan un
marco conceptual para comprender la manipulación de la razón pública.
El estudio también aborda las reflexiones de Hannah Arendt sobre el to-
talitarismo, la banalidad del mal y el colapso del juicio en las sociedades
modernas, ofreciendo importantes perspectivas sobre las dimensiones
morales del declive epistémico. Guiado por el materialismo dialéctico, el
estudio sitúa el poder algorítmico dentro de las estructuras socioeconó-
micas más amplias del capitalismo digital.
Desde una perspectiva materialista dialéctica, los sistemas algorít-
micos no son herramientas tecnológicas neutras, sino expresiones de la
lógica económica del capitalismo digital. Los modelos de negocio de las
grandes corporaciones tecnológicas —centrados en la extracción de da-
tos, la predicción del comportamiento y la monetización de la atención—
configuran los entornos cognitivos en los que los individuos piensan, in-
teractúan y forman juicios políticos. Por lo tanto, la transformación de la
razón pública no puede separarse de las infraestructuras materiales y los
intereses económicos que subyacen a la gobernanza algorítmica.
El análisis se desarrolla en tres etapas. En primer lugar, reconstru-
ye la crítica filosófica de la razón instrumental y el control biopolítico. En
segundo lugar, examina cómo los sistemas algorítmicos ponen en prác-
tica esta lógica dentro del capitalismo digital, remodelando la cognición
pública, normalizando la pasividad epistémica y contribuyendo al silen-
cioso declive del pensamiento crítico y divergente. En tercer lugar, evalúa
las implicaciones democráticas, morales y educativas de esta transfor-
mación mediante una crítica normativa, centrándose en la crisis de la
agencia democrática y la responsabilidad moral, así como en la urgente
necesidad de revitalizar la razón a través de marcos éticos y pedagógicos
en la era digital.
El poder algorítmico y la instrumentalización de la razón
Esta sección examina cómo los sistemas algorítmicos encarnan la lógi-
ca de la racionalidad instrumental en el capitalismo digital contempo-
ráneo. En primer lugar, revisa el concepto filosófico de la razón y, a con-
tinuación, analiza cómo las infraestructuras algorítmicas transforman
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la racionalidad en mecanismos de predicción, eficiencia y control del
comportamiento.
El concepto de razón y el auge de la racionalidad instrumental
Las concepciones filosóficas de la razón han evolucionado a lo largo del
tiempo y reflejan contextos históricos específicos. Para Immanuel Kant
(2004), la razón en su sentido amplio se refiere a la inteligencia humana,
mientras que en su sentido más estricto constituye la etapa más elevada
de la cognición, sirviendo de fundamento tanto del conocimiento como
de la moralidad, aunque dentro de límites reconocidos. Desde una pers-
pectiva marxista-leninista, la razón surge de condiciones sociohistóricas,
moldeadas por la actividad productiva y la lucha de clases, orientadas a
organizar racionalmente la sociedad para la emancipación colectiva.
La escuela de Frankfurt, sin embargo, lanza una advertencia críti-
ca: la razón misma puede distorsionarse. Horkheimer y Adorno (2002)
sostienen que, bajo el capitalismo moderno, la razón degenera en razón
instrumental —una forma de racionalidad centrada exclusivamente en
la eficiencia y la utilidad—. En lugar de fomentar el juicio moral y la re-
flexión crítica, la razón instrumental reduce tanto a la naturaleza como a
la humanidad a objetos de cálculo y control. Como escriben: “Lo que de
hecho se destruye es la dialéctica de la razón, ya que la razón instrumental
convierte toda relación en un proceso calculable y controlable (p. 97).
Esta regresión, sugieren, comienza con la Ilustración, donde la pro-
mesa emancipadora de la razón se convierte en dominación. Los seres
humanos se convierten en unidades medibles dentro de los sistemas de
producción, despojados de dignidad y redefinidos por su función. El Es-
tado burocrático y los mercados capitalistas se basan cada vez más en esa
lógica, reforzando las estructuras de poder existentes (Habermas, 1984).
Como señala Feenberg (2005), esta racionalidad tecnocrática erosiona la
autorreflexión y la agencia crítica.
Desde este punto de vista, la razón ya no libera, sino que admi-
nistra. Como concluyen Horkheimer y Adorno (2002): En el mundo
administrado, la razón instrumental extiende su dominio sobre todas
las esferas de la vida, disolviendo tanto el pensamiento crítico como la
razón dialéctica (p. 119). La trayectoria de la razón —desde la moral
kantiana hasta la emancipación marxista y el pesimismo de la escuela de
Frankfurt— revela su alienación en las condiciones modernas. La razón,
lejos de ser neutral o inmutable, debe examinarse dentro de su contexto
social, económico y político.
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Si los algoritmos representan la encarnación tecnológica de la ra-
zón instrumental, la siguiente pregunta es cómo dichos sistemas reconfi-
guran la cognición humana y el juicio público en la vida digital cotidiana.
Los algoritmos como encarnaciones tecnológicas
de la razón instrumental
En el capitalismo digital contemporáneo, los algoritmos —en particular
los impulsados por la inteligencia artificial (IA) y el big data— se han
convertido en encarnaciones tecnológicas concretas de la razón instru-
mental; los algoritmos sirven como encarnaciones concretas de la razón
instrumental. En lugar de buscar la comprensión o la emancipación, el
conocimiento se valora cada vez más por su utilidad en la predicción,
el control y la optimización (Zuboff, 2019). Esta lógica sustenta la go-
bernanza algorítmica, que privilegia la calculabilidad por encima de las
consideraciones deliberativas o éticas (Yeung, 2018). Los algoritmos con
motivaciones comerciales amplifican los contenidos sensacionalistas y
divisivos, reforzando los patrones de manipulación conductual y condi-
cionamiento epistémico.
A finales del siglo XX y principios del XXI, a medida que los mo-
delos tradicionales de crecimiento económico revelaban cada vez más
sus límites estructurales —el aumento de los costes de los recursos, la
saturación del mercado y la disminución de la eficiencia de las infraes-
tructuras industriales— el capitalismo se enfrentó a una presión creciente
para expandirse hacia nuevos espacios de acumulación. En estas condi-
ciones, surgió una esfera digital aparentemente ilimitada. Las plataformas
digitales se convirtieron en la forma organizativa dominante de la era
posindustrial, porque podían coordinar mercados multilaterales, contro-
lar infraestructuras intermediarias y, sobre todo, acumular datos como
activo estratégico.
Dentro de los vastos y continuamente crecientes depósitos de in-
formación digital, los datos de comportamiento se han convertido en
uno de los recursos más valiosos. Mediante la extracción del excedente
de comportamiento, la publicidad ya no opera a través de una exposición
masiva generalizada, sino mediante una alineación cada vez más precisa
con los intereses, las preferencias y los patrones de consumo de los usua-
rios. De esta transformación surgió un nuevo modelo de acumulación
comúnmente descrito como capitalismo de vigilancia. El extraordinario
crecimiento de las grandes empresas tecnológicas durante las últimas dos
décadas ha sido impulsado en gran medida por modelos publicitarios
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centrados en los datos y construidos sobre esta lógica de extracción de
datos de comportamiento (Zuboff, 2019, pp. 112-113). Como sostiene
Zuboff, el capitalismo de vigilancia utiliza la IA para maximizar la previ-
sibilidad y el control del comportamiento, institucionalizando la raciona-
lidad instrumental en el núcleo de la infraestructura digital. En una so-
ciedad datificada, los algoritmos procesan enormes conjuntos de datos
de comportamiento para optimizar el rendimiento en todos los ámbitos
—desde el marketing hasta la vigilancia policial— a costa de la autono-
mía y la reflexividad (Zuboff, 2019, pp. 241-243).
Mittelstadt et al. (2016) destacan que “los sistemas algorítmicos es-
tán diseñados para optimizar objetivos predefinidos —ya sean tasas de
clics, participación de los usuarios o generación de ingresos— a través de
procesos matemáticos (pp. 1-2). Estos sistemas cuantifican el comporta-
miento y automatizan las decisiones, reduciendo la libertad a un conjunto
de resultados calculados.
Siguiendo a la escuela de Frankfurt, Marcuse (2013) advirtió que
el principio de realidad se había transformado en un principio de ren-
dimiento, exigiendo conformidad con la productividad y la eficiencia.
Como observó más tarde, el rendimiento y la eficiencia han suplantado a
los valores éticos y emancipadores en la sociedad industrial avanzada, so-
metiendo las capacidades humanas a los imperativos tecnológicos (Mar-
cuse, 2013, pp. 17-18). Por su diseño, los algoritmos modelan y digitalizan
la realidad según criterios técnicos. Al hacerlo, difuminan la línea entre lo
que es racional y lo que es normativamente legítimo. Así, la advertencia
de la escuela de Frankfurt ya no es teórica: está codificada algorítmica-
mente en las infraestructuras dominantes de la vida contemporánea.
Marx y Engels (2002) describieron el capitalismo como un sis-
tema impulsado por la acumulación infinita de capital y la incorpora-
ción continua de nuevos ámbitos de la vida a las relaciones mercantiles.
Desde una perspectiva marxista, el capitalismo de vigilancia representa
un nuevo régimen de acumulación dirigido hacia la propia experiencia
vital humana, que transforma todas las dimensiones de la vida —la bús-
queda, la comunicación, el movimiento, las emociones y la interacción
cotidiana— en activos de datos sujetos a la propiedad y la explotación
capitalistas. A medida que los sistemas algorítmicos penetran cada vez
más en la vida cotidiana a través de la lógica del capitalismo de vigilan-
cia, su influencia se extiende mucho más allá del comportamiento eco-
nómico y comienza a remodelar los cimientos cognitivos y culturales
de la sociedad democrática. Así pues, la erosión del pensamiento crítico
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no se limita a la cognición individual; en última instancia, transforma la
propia cultura democrática.
Gobernanza algorítmica y gestión biopolítica de la vida
Más allá de su lógica instrumental, los algoritmos también funcionan
como herramientas de gobernanza biopolítica. Siguiendo el concepto de
biopolítica de Foucault (2008) —la racionalidad política que gobierna la
vida y las poblaciones— los algoritmos gestionan ahora la existencia hu-
mana a través de la modulación basada en datos. Rouvroy y Berns (2013)
describen la gobernanza algorítmica como un nuevo régimen biopolíti-
co en el que los procesos basados en datos regulan la vida misma, confi-
gurando las condiciones de existencia de las poblaciones (pp. 164-165).
Con su capacidad para recopilar, analizar y predecir el comportamiento a
gran escala, los sistemas algorítmicos reconfiguran las propias estructuras
de la vida (Cheney-Lippold, 2017).
Zuboff (2019) enmarca este fenómeno como el capitalismo de la
vigilancia, en el que la experiencia humana se convierte en materia prima
para la predicción del comportamiento y el lucro. Los algoritmos estruc-
turan silenciosamente las elecciones, influyen en la atención y manipulan
las preferencias, a menudo sin consentimiento informado. Lo que surge,
advierte, es un golpe desde arriba, en el que el poder privado de los datos
elude la supervisión democrática tradicional. El resultado es una nueva
forma de dominación, psicológica más que física.
Hoy en día, la vigilancia ya no se limita al Estado. Como sostiene
Lyon (2006), la proliferación de las tecnologías digitales ha ampliado el
alcance de la vigilancia a los aspectos más privados de la existencia co-
tidiana, yendo más allá del modelo tradicional del panóptico (pp. 4-5).
Zuboff (2019) amplía la metáfora de Foucault: la observación constante
a través de las plataformas digitales moldea el comportamiento de for-
ma invisible (pp. 234-235). Los individuos son continuamente vigila-
dos, ajustados y clasificados, no solo como consumidores, sino como
sujetos gobernables.
Couldry y Mejías (2019) caracterizan el poder algorítmico como
un ensamblaje tecnopolítico que fusiona la razón instrumental con el
control biopolítico (p. 73). La optimización se convierte en normativa: los
individuos se ajustan inconscientemente a las métricas definidas por el
sistema. Las plataformas, aunque proclaman su neutralidad, en realidad
sirven a los intereses de los poderes dominantes, configurando lo que es
visible, valioso y legítimo.
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Mir (2025) advierte de que estas plataformas monopolísticas
—aunque eficientes— concentran la influencia política y económica.
Gracias a la ley de Metcalfe, el valor de estas plataformas crece exponen-
cialmente, al igual que su potencial de manipulación. Una vez que los da-
tos de comportamiento son lo suficientemente profundos, se puede “leer”
a los usuarios —incluso antes de que sean conscientes de sí mismos— y
guiarlos en consecuencia. En Canadá, por ejemplo, el 80,5 % de la po-
blación utilizaba Facebook a finales de 2023 (Napoleon Cat, s. f.), lo que
otorgaba a Meta una inmensa influencia sobre la opinión pública.
Las consecuencias no son abstractas. El escándalo de Cambridge
Analytica reveló cómo se utilizaron datos y algoritmos para transmitir
mensajes políticos microsegmentados, diseñados para provocar respues-
tas emocionales e influir en los votantes indecisos en la campaña del
Brexit (Cadwalladr y Graham-Harrison, 2018; Cadwalladr y Townsend,
2018). Así, la desinformación funciona ahora como una forma estratégica
de comunicación política.
En las elecciones presidenciales estadounidenses de 2024, Elon
Musk —a través de plataformas como X y el ecosistema digital de Tes-
la— utilizó campañas mediáticas dirigidas para amplificar su influencia
política (Financial Times, 2024). Estos ejemplos revelan cómo el poder
algorítmico —antes limitado al comercio o la comunicación— se extien-
de ahora profundamente en el ámbito político, remodelando el discurso
público y desafiando los cimientos de la agencia democrática.
El silencioso declive de la razón en la era algorítmica
El declive silencioso de la razón en la era algorítmica se manifiesta a tra-
vés de sutiles transformaciones en la forma en que las personas piensan,
juzgan y se relacionan con la información en los entornos digitales. Este
proceso no solo debilita las capacidades críticas y reflexivas, sino que
también limita la exposición a perspectivas diversas, fomentando formas
polarizadas de consenso y socavando las condiciones necesarias para la
deliberación democrática.
La erosión del pensamiento crítico y el juicio reflexivo
La erosión del pensamiento crítico bajo el poder algorítmico no es un
fenómeno imprevisto. Ya en 1964, Herbert Marcuse diagnosticó la pérdi-
da de conciencia crítica del individuo moderno en un mundo dominado
por la racionalidad tecnológica y la ideología consumista. En El hombre
unidimensional, advirtió que la optimización de los intereses comerciales
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conduce a la atroa de la crítica social, reduciendo a los individuos a con-
sumidores pasivos moldeados por un sistema preconfigurado. Las nuevas
formas de control, enmascaradas como progreso y eficiencia, erosionan
la libertad al embotar las facultades críticas, una dinámica que ahora se
intensifica en la era algorítmica. A medida que la razón retrocede, los in-
dividuos ya no cuestionan las estructuras que les rodean; llegan a desear y
aceptar solo lo que el sistema ofrece. La propaganda digital actual no solo
pretende persuadir, sino generar sumisión cognitiva: una población que
ya no se pregunta “por q (Bennett y Livingston, 2018).
A pesar del acceso sin precedentes a la información, los usuarios
sufren cada vez más una sobrecarga cognitiva. Esta saturación fomenta la
susceptibilidad a las teorías de la conspiración y a la desinformación, que
han sido factores clave de las recientes perturbaciones a nivel mundial
(Ecker et al., 2022). En las elecciones federales de Canadá de 2025, por
ejemplo, el entorno en línea se convirtió en un espacio caótico inundado
de contenido engañoso que fracturó la opinión pública, convirtiendo el
discurso democrático en un terreno volátil gobernado más por los pre-
juicios que por la razón (e White Hatter, 2025). Se observan dinámicas
similares en todo el mundo. TikTok, por ejemplo, se ha convertido en un
poderoso vector de desinformación sobre acontecimientos como la gue-
rra en Ucrania (Bösch y Divon, 2024).
Las teorías de la conspiración en línea han logrado moldear seg-
mentos de la conciencia pública, generando un falso consenso en tor-
no a cuestiones como las vacunas contra la COVID-19 o las elecciones
estadounidenses de 2020 (Skafle et al., 2022). Esta manipulación ya no
requiere censura estatal; basta con inundar los feeds de las redes sociales
con narrativas dirigidas algorítmicamente. A través de una amplifica-
ción calculada, las plataformas digitales permiten un consentimiento
fabricado bajo una nueva apariencia. Un público fragmentado se au-
toorganiza en torno a narrativas diseñadas, eludiendo la deliberación y
el escrutinio crítico.
Las plataformas como Meta, Google y YouTube operan según una
lógica coherente: cuanto más comprenden a los usuarios, más tiempo
pueden retener su atención y, en consecuencia, mayor es el valor eco-
nómico que pueden extraer. La paradoja radica en el hecho de que esta
misma capacidad de servicio perfecto también señala una forma cada
vez más profunda de dependencia. Cuanto más personalizado es el con-
tenido y más fluida la experiencia, más se integran los individuos en un
sistema invisible de extracción y modulación del comportamiento. A ni-
vel cognitivo, este mecanismo produce una forma de orientación volun-
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El declive de la razón bajo el poder algorítmico en la democracia contemporánea
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taria, en la que los individuos creen que eligen libremente, mientras que
el campo de opciones disponibles ya ha sido estructurado por algoritmos
optimizados para la participación. El resultado es la erosión gradual de
la autonomía, a medida que la frontera entre las necesidades auténticas
y los deseos construidos artificialmente se vuelve cada vez más difusa.
Los seres humanos ya no aparecen como sujetos autorreflexivos, sino que
quedan reducidos a conjuntos de señales conductuales que pueden me-
dirse, predecirse y explotarse dentro de un ciclo de acumulación de datos
en constante expansión.
Los beneficios de las plataformas digitales dependen directamente
de su capacidad para retener la atención de los usuarios durante el ma-
yor tiempo posible. En consecuencia, estas plataformas han desarrollado
una arquitectura adictiva, basada en mecanismos psicológicos como las
recompensas instantáneas y los bucles de retroalimentación de dopami-
na. En otras palabras, las plataformas construyen deliberadamente ciclos
psicológicos que animan a los usuarios a buscar continuamente una esti-
mulación inmediata, manteniendo así una participación ininterrumpida.
Esto ayuda a explicar por qué muchas formas de malestar psicológico
digital no deben entenderse como efectos secundarios accidentales, sino
más bien como resultados predecibles de un diseño intencionado. Un es-
tudio transnacional realizado por Cheng et al. (2021) en 32 países, reveló
que aproximadamente el 24 % de los usuarios muestra signos de adicción
a las redes sociales. Del mismo modo, un informe del U. S. Department
of Health and Human Services (2023) indicaba que los adolescentes que
pasan más de tres horas al día en las redes sociales se enfrentan a un ries-
go aproximadamente doble de sufrir problemas de salud mental, como
ansiedad y depresión. Estas cifras no solo revelan la magnitud del proble-
ma, sino que también demuestran la conexión entre las estructuras de las
plataformas y la transformación psicológica de los usuarios.
Paradójicamente, mientras que los chatbots de IA se vuelven cada
vez más inteligentes gracias a los datos generados por miles de millones
de usuarios, los propios seres humanos se enfrentan al riesgo creciente
de lo que la cultura digital suele describir como “brainrot, un término
coloquial que hace referencia al deterioro de la concentración y el pensa-
miento crítico causado por el consumo excesivo de contenido digital bre-
ve, repetitivo y de escaso valor, especialmente en las plataformas de redes
sociales, lo que fomenta patrones de comportamiento adictivos y reduce
la capacidad de las personas para interactuar con formas de información
más profundas. Al mismo tiempo, la comercialización de imágenes, emo-
ciones y la autopresentación en línea reduce cada vez más el valor perso-
nal a métricas de interacción como me gusta, compartir” y seguidores.
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En este sentido, los individuos no solo están sometidos a vigilancia, sino
que también son “valorados y cuantificados dentro de un mercado digi-
tal, lo que contribuye a una crisis de identidad más amplia en la sociedad
contemporánea. Estos acontecimientos no solo reflejan la naturaleza ge-
neralizada del problema, sino que también revelan la profunda relación
entre las estructuras de las plataformas y la transformación psicológica
de los usuarios.
El resultado es preocupante: la verdad se vuelve frágil y la razón
pública se derrumba. Como advirtió Hannah Arendt, una sociedad
inundada de medios distorsionados pierde los cimientos de la realidad
compartida y, con ello, las condiciones para un juicio sensato. La verdad,
argumentaba, es extremadamente frágil” y puede ser “manipulada y eli-
minada del mundo por el poder político (Arendt, 1972). En un clima así,
los ciudadanos abrumados por mensajes contradictorios son menos pro-
pensos a buscar claridad. En su lugar, se refugian en la pasividad, volvién-
dose vulnerables a campañas de desinformación cuidadosamente dise-
ñadas. Los algoritmos, como se ha analizado anteriormente, sirven como
mecanismos de difusión de estas campañas, ya sean impulsadas por ob-
jetivos políticos o comerciales. Los bots sociales amplifican aún más las
falsedades, reforzando los sesgos cognitivos y acelerando la difusión de
afirmaciones sin verificar. Gombar (2025) describe acertadamente esto
como una guerra cognitiva, en la que la percepción pública se manipula a
través de los ecosistemas de los medios digitales.
Este entorno produce un consenso virtual, no basado en el debate
racional, sino moldeado por el control de la información. El objetivo de
la desinformación ya no es solo el engaño, sino la desorientación, la des-
conexión emocional y la aceptación pasiva. El peligro a largo plazo es la
degradación gradual de la vitalidad intelectual del público. Rodeados de
flujos de contenido personalizados, los usuarios consumen cada vez más
sin reflexionar, haciendo clic en me gusta en contenidos de entreteni-
miento mientras se desvinculan de temas de fondo. Con el tiempo, esto
debilita los hábitos del discurso civil y la indagación crítica.
Como observa Van Badham (2024), los jóvenes —los más inmersos
en los entornos digitales— muestran signos tempranos de un declive del
pensamiento crítico y una disminución de la autonomía en sus respuestas
al contenido en línea. Sus realidades sociales se limitan a pantallas donde
la información manipulada se confunde con la verdad. En un mundo así,
como advierte O’Hara (2022), los entornos digitales pueden tanto poten-
ciar como corroer la racionalidad humana, dependiendo de cómo estén
estructurados y regulados. De hecho, el propio proceso de formación de
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la identidad está cada vez más condicionado por estos entornos. Como
señala Alegría Morán (2025), “los jóvenes, al dar forma a los espacios que
ocupan, también moldean sus manifestaciones de identidad, configuran-
do sus virtudes, creencias y sentidos (p. 274), lo que pone de relieve que
los espacios digitales no son ámbitos neutrales, sino entornos que partici-
pan activamente en la construcción de la subjetividad.
La supresión del pensamiento divergente
y el auge del consenso polarizado
La estructuración algorítmica de los entornos digitales suprime cada vez
más el pensamiento divergente y fomenta la ilusión de consenso a través
de la polarización. Arguedas et al. (2022) describen cómo los algoritmos
atrapan a los usuarios en cámaras de eco o burbujas de filtro, reforzando
selectivamente las opiniones preexistentes mientras excluyen las perspec-
tivas contrarias. En este régimen, los individuos ya no están expuestos a
la diferencia, sino que solo se encuentran con afirmaciones, seleccionadas
algorítmicamente, de lo que ya creen. Los guardianes tradicionales —edi-
tores, periodistas, intelectuales públicos— han sido desplazados en gran
medida por lógicas algorítmicas que determinan la visibilidad basándose
no en la verdad, sino en la participación. Los algoritmos de las platafor-
mas se basan cada vez más en las respuestas conductuales inmediatas
de los usuarios, fomentando a menudo formas de participación que no
reflejan necesariamente sus intereses más profundos, sus intenciones a
largo plazo o sus preferencias genuinas.
En esta lógica, la personalización fragmenta de la esfera pública,
los algoritmos como el News Feed de Facebook y la página Para Ti de
TikTok, seleccionan contenidos basándose en perfiles de comportamien-
to (Mittelstadt et al., 2016), produciendo lo que se ha descrito como un
espejo del yo. En TikTok, este proceso alcanza niveles extremos: la pla-
taforma aprende rápidamente las preferencias de los usuarios y les ofrece
un flujo constante de contenido que las reafirma. Como señaló e Verge,
TikTok funciona como un canal de televisión perfectamente calibrado
para el cerebro del usuario (Sato, 2024). Si bien esta hiperpersonalización
maximiza la participación de los usuarios, también limita la exposición
cognitiva y reprime el desarrollo del pensamiento divergente o crítico. Las
elecciones presidenciales estadounidenses de 2024 ilustraron este peligro
de forma vívida. En el periodo previo a la votación, TikTok se convirtió
en una “burbuja optimista para los partidarios de Harris, alimentándolos
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únicamente con contenido que reafirmaba su probable victoria, lo que
llevó a muchos a ignorar las señales discrepantes (Sato, 2024).
Este tipo de entornos fomentan el aislamiento ideológico. Las per-
sonas se sienten atraídas por comunidades afines, que se convierten en
enclaves aislados de afirmación en lugar de espacios de diálogo. En es-
tos entornos, lo más probable es que se difunda contenido impactante o
cargado de emotividad, en lugar de un discurso mesurado y basado en
hechos (Dunaway, 2024). La lógica de la participación favorece lo provo-
cativo frente a lo reflexivo. Zollo et al. (2017) observan que, dentro de las
cámaras de eco, incluso los intentos de corregir creencias falsas fracasan
porque los usuarios privilegian la identidad por encima de las pruebas.
La polarización no se limita a una sola plataforma. Se desarrolla en
paralelo en todos los espacios digitales: X, YouTube, Reddit… cada uno de
los cuales cultiva su propio consenso interno. Los usuarios que expresan
opiniones minoritarias se enfrentan a la invisibilidad algorítmica, a un
menor alcance y, finalmente, a la autocensura (Kaiser et al., 2020). Como
señalan Gearhart y Zhang (2015), esta dinámica refleja la espiral del si-
lencio, en la que se suprimen las opiniones percibidas como minoritarias,
lo que permite que las narrativas dominantes parezcan hegemónicas. La
ausencia de disidencia visible no debe confundirse con un acuerdo ge-
nuino; a menudo, refleja los efectos silenciadores del control algorítmico.
Más allá de la personalización, los algoritmos moldean activamen-
te la visibilidad y la popularidad de los contenidos. Las principales plata-
formas destacan las publicaciones basándose en métricas de interacción,
creando una economía implícita de la atención. El contenido que tiene
un buen rendimiento —independientemente de su base factual— recibe
recompensas algorítmicas, mientras que las verdades matizadas o impo-
pulares quedan marginadas. Pennycook et al. (2018) destacan que este
modelo privilegia el sensacionalismo sobre la precisión, convirtiendo la
verdad en una víctima de la competencia digital por la atención. El pano-
rama epistémico se distorsiona: lo que circula ampliamente no es lo que
es cierto, sino lo que provoca.
Las implicaciones políticas son graves. En entornos profundamen-
te polarizados, las distintas comunidades viven en realidades incompati-
bles. La ausencia de hechos compartidos erosiona el terreno común ne-
cesario para una deliberación racional. Ecker et al. (2024) advierten de
que esta fragmentación fomenta la desconfianza y la radicalización. Los
individuos perciben cada vez más a su grupo como moralmente correc-
to y numéricamente dominante, mientras que los disidentes son vistos
como aberrantes o manipulados. Cuando los resultados políticos desafían
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estas expectativas insulares, la desilusión resultante puede conducir a una
ruptura de la confianza, e incluso a una reacción violenta.
El declive de la razón no se manifiesta como una coacción abierta,
sino como la silenciosa desaparición de la disidencia. Los públicos digi-
tales pueden parecer armoniosos, pero bajo la superficie yace un orden
epistémico profundamente fragmentado. La supresión algorítmica de las
opiniones minoritarias crea un consenso artificial, ocultando la ausencia
de pluralismo (Arguedas et al., 2022). Como previeron Marx y Engels
(2000), el progreso moderno a menudo da lugar a la externalización del
intelecto en sistemas, mientras que la subjetividad humana se degrada a
una capacidad de respuesta mecánica. En la era digital actual, los siste-
mas algorítmicos parecen poseer vida intelectual —seleccionando, pre-
diciendo, optimizando— mientras que la razón humana se reduce a la
pasividad, erosionada por patrones de los que ya no es autora (Marx y
Engels, 2000).
De la pasividad epistémica a la fragilidad democrática
La erosión de la razón crítica en los entornos digitales acaba extendién-
dose más allá de la esfera de la cognición individual y comienza a afectar
a los cimientos de la propia vida democrática. A medida que los ciudada-
nos se vuelven cada vez más dependientes de los sistemas de información
mediados por algoritmos, la pasividad epistémica se transforma gradual-
mente en fragilidad democrática. Este proceso se manifiesta no solo en
la manipulación de la razón pública a través del control algorítmico y la
desinformación, sino también en el debilitamiento de la agencia demo-
crática y la responsabilidad moral en la sociedad contemporánea.
El poder algorítmico y la manipulación de la razón pública
Hannah Arendt (1951) advirtió de manera célebre que la difuminación
de los límites entre la verdad y la falsedad es una de las herramientas
más insidiosas del control totalitario. En su opinión, el sujeto ideal del
régimen totalitario no es el nazi convencido, sino aquellas personas para
quienes la distinción entre realidad y ficción, entre lo verdadero y lo falso,
ya no existe. Esta confusión epistemológica marca una ruptura crítica en
la razón pública.
Cuando la razón declina silenciosamente, la sociedad pierde su ca-
pacidad de cuestionar, verificar y juzgar. El resultado es un público epis-
temológicamente vulnerable, susceptible a las noticias falsas, la retórica
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populista y las narrativas conspirativas. Los grupos extremistas, armados
con herramientas de microsegmentación en las redes sociales, explotan
esta vulnerabilidad para difundir la propaganda adaptada a perfiles psi-
cológicos y demográficos específicos, moldeando el comportamiento e
influyendo en los resultados electorales. Neudert (2017), por ejemplo, do-
cumentó el uso coordinado de bots políticos y noticias basura alemanas
en las elecciones federales del país, evidenciando cómo se pueden desple-
gar los agentes algorítmicos para manipular los procesos democráticos.
Los sistemas algorítmicos entrenados con datos sesgados perpe-
túan aún más la discriminación estructural. Buolamwini y Gebru (2018)
demostraron cómo los sistemas de reconocimiento facial muestran ses-
gos raciales y de género, revelando cómo la racionalidad tecnológica pue-
de reforzar las desigualdades existentes en lugar de desmantelarlas.
La paradoja de la modernidad digital es que, mientras que la in-
formación es abundante, el discurso público se empobrece. En esta con-
dición posverdad, el ruido ahoga la señal, las perspectivas críticas quedan
silenciadas y la claridad da paso a la confusión. McIntyre (2018) describió
esto como un cambio social en el que la verdad ya no ejerce peso norma-
tivo en el debate público. El debilitamiento de la razón crítica, acelerado
por la amplificación algorítmica, abre la esfera pública a la dominación
cognitiva por parte de las élites corporativas y políticas.
El filósofo Herbert Marcuse (2013) prefiguró esta dinámica en su
análisis de la esclavitud sublimada, un estado en el que los individuos
interiorizan la dominación y confunden la coacción con la libertad. En
el contexto digital actual, el control ya no se ejerce de forma abierta, sino
que se difunde a través de lógicas algorítmicas que empujan, influyen y
condicionan la elección. De este modo, la razón pública no solo se silen-
cia, sino que se reprograma sutilmente.
La pérdida de la agencia democrática y la crisis
de la responsabilidad moral
La manipulación de la razón pública conduce inevitablemente a la ero-
sión de la agencia democrática. El consentimiento ya no se deriva de la
deliberación y la comprensión, sino de una percepción manipulada y una
respuesta emocional. Como señala Zuboff (2019), el capitalismo de vigi-
lancia introduce una nueva forma de poder que no se basa en la super-
visión democrática, sino en el conocimiento unilateral, la asimetría y el
control del comportamiento (p. 8). Los individuos, cada vez más influen-
ciados por mensajes microsegmentados, comienzan a actuar no como
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ciudadanos autónomos, sino como sujetos conductuales que responden
a estímulos invisibles.
Esta situación socava los fundamentos éticos de la democracia.
Nyhan (2020) sostiene que la publicidad política a menudo refuerza las
percepciones erróneas de los votantes, mientras que Ranjan y Upadhyay
(2024) observan que dicha publicidad tiende a simplificar en exceso te-
mas complejos, distorsionando la comprensión del público. Lejos de em-
poderar a los ciudadanos, el contenido seleccionado algorítmicamente
estrecha sus marcos interpretativos y amplifica los sesgos, produciendo
una especie de despotismo informativo disfrazado de libertad de expre-
sión. La ilusión de elección sustituye a la autonomía.
Los públicos fragmentados, cada uno de los cuales habita en su
propio entorno informativo personalizado, se polarizan cada vez más. Las
plataformas de redes sociales funcionan como máquinas de polarización,
erosionando los puntos en común y cultivando el tribalismo epistémico.
Ecker et al. (2024) advierten de que tales entornos promueven la ilusión
de que el propio grupo es dominante y moralmente correcto, mientras
que los oponentes son percibidos como irracionales o peligrosos. Cuando
las expectativas chocan con las realidades electorales, el resultado no es
la reflexión, sino la indignación, lo que alimenta la inestabilidad política.
Las consecuencias no se limitan únicamente al discurso. La inci-
tación digital puede traducirse en violencia en el mundo real. Müller y
Schwarz (2020) documentan cómo la propaganda de extrema derecha
en plataformas como Facebook y Twitter ha contribuido a los delitos
de odio contra inmigrantes y musulmanes. Esta ruptura de la confianza
epistémica y social debilita la capacidad de la sociedad para responder
colectivamente a crisis como las pandemias, el cambio climático y la des-
igualdad económica.
El dominio global de unas pocas corporaciones digitales también
amenaza la soberanía nacional de la información. El caso de la decisión
de Meta (Facebook), en 2023, de bloquear a los medios de comunicación
canadienses en respuesta a medidas reguladoras (Patterson, 2024), de-
muestra hasta qué punto el poder corporativo puede prevalecer sobre la
gobernanza democrática. Ya no se trata simplemente de un sesgo mediá-
tico, sino de plataformas supranacionales que ejercen un control unilate-
ral sobre el acceso a la información.
Hoy en día, el declive de la democracia es menos un tema de re-
presión autoritaria que de normalización algorítmica. Los oligarcas digi-
tales —armados con vastos conjuntos de datos y conocimientos sobre el
comportamiento— ejercen un control sutil sobre la conciencia pública.
Moldean no solo lo que la gente ve y cree, sino también cómo interpreta
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la realidad y se relaciona entre sí. Este poder, aunque en gran medida in-
visible, es profundamente político —y profundamente moral—.
El ideal ilustrado de la democracia se basa en la premisa de que los
individuos libres, guiados por la razón y capaces de ejercer el juicio mo-
ral, pueden forjar su destino colectivo. En un mundo en el que la opinión
pública se fabrica y la agencia moral se ve erosionada, ese ideal se vuelve
cada vez más frágil. El declive de la razón, acelerado por la gobernanza
algorítmica, señala así no solo una crisis del conocimiento, sino también
una crisis de la responsabilidad moral y democrática.
Revitalizar la razón y la responsabilidad en la era digital
Revitalizar la razón y la responsabilidad en la era digital requiere algo más
que regulación tecnológica; exige la reconstrucción de los cimientos éticos,
epistémicos y educativos de la vida democrática. Esta renovación implica
tanto recuperar la agencia epistémica individual frente a la manipulación
algorítmica como fomentar una cultura democrática basada en el pensa-
miento crítico, la responsabilidad moral y la racionalidad comunicativa.
Recuperar la agencia epistémica desde la ética,
la verdad y el compromiso pedagógico
Revitalizar la razón en la era digital requiere un compromiso colectivo
para restaurar la reflexión crítica y la agencia epistémica. El primer impe-
rativo radica en la gobernanza ética de los datos y los algoritmos. Como
señala O’Hara (2022), “la modernidad digital es un mundo subjetivo en
el que la reflexividad y la elección se externalizan a la infraestructura de
datos ambientales (p. 53). En un mundo así, los individuos pierden su
autonomía a menos que se introduzcan mecanismos para reafirmar el
control sobre las infraestructuras que configuran su cognición.
El big data, considerado ahora el petróleo de la economía digi-
tal, se concentra cada vez más en manos de unas pocas corporaciones
poderosas. Sin embargo, a diferencia de los recursos tradicionales, los
datos son intangibles, infinitamente replicables y fluyen a una velocidad
sin precedentes. Según Couldry y Mejías (2019), el capitalismo digital
transforma a los usuarios en trabajadores no remunerados cuyos datos
de comportamiento se recogen con fines lucrativos. En este régimen, la
supervisión democrática es sustituida por la gobernanza algorítmica, y la
autonomía del usuario se ve socavada por infraestructuras opacas.
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Para invertir esta dinámica, es necesario reforzar los mecanismos
jurídicos e institucionales. El UNDP (2019) destaca la necesidad de una
regulación antimonopolio y de obligaciones en materia de intercambio
de datos para limitar el poder monopolístico y promover la transparen-
cia democrática. Las lecciones extraídas de la Ley de Servicios Digitales
(DSA) y la Ley de Mercados Digitales (DMA) de la Unión Europea (UE)
sugieren que controlar el poder de las plataformas no solo es necesario,
sino también posible. Los gobiernos deben promulgar una legislación
sólida en materia de datos, hacer cumplir la transparencia algorítmica y
garantizar el acceso de los ciudadanos a una información pluralista.
Sin embargo, el problema de regular el poder algorítmico no puede
reducirse únicamente a cuestiones de transparencia jurídica o supervi-
sión institucional. También se refiere a la asimetría estructural inherente
a las propias formas de consentimiento que rigen la vida digital con-
temporánea. En la práctica, hacer clic en el botón Acepto se ha conver-
tido en una condición obligatoria para acceder a los servicios dentro del
ecosistema de las grandes tecnológicas —una vasta red de plataformas
digitales, infraestructuras y servicios interconectados que incluye moto-
res de búsqueda, redes sociales, comercio electrónico, computación en la
nube y sistemas de IA—. Formalmente, estos acuerdos se presentan como
acuerdos consensuados entre usuarios y plataformas. Sin embargo, fun-
cionan según una lógica contractual coercitiva de “lo tomas o lo dejas”:
los usuarios deben aceptar los términos o abandonar su participación en
entornos digitales esenciales.
En la sociedad contemporánea, donde la vida cotidiana se ha vuel-
to profundamente dependiente de internet y los servicios digitales, las
personas se ven efectivamente obligadas a hacer clic en aceptar” como
una necesidad de procedimiento más que como una expresión de una
elección voluntaria genuina. Incluso bajo la hipótesis de que los usuarios
puedan leer estos acuerdos en su totalidad, la complejidad de las estructu-
ras jurídicas y el lenguaje técnico especializado les dificulta comprender
o evaluar críticamente las implicaciones de aquello a lo que están dando
su consentimiento. Estos acuerdos permiten a las empresas tecnológicas
establecer unilateralmente derechos de acceso, extracción, análisis y reu-
tilización de datos de comportamiento sin una negociación significativa
ni un consentimiento democrático auténtico. En este sentido, el poder de
las plataformas a menudo establece prácticas normativas antes de que los
ciudadanos e incluso los gobiernos sean plenamente conscientes de las
transformaciones que se están produciendo. La expresión Acepto, por
tanto, no marca el inicio de una relación transparente, sino que funciona
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como una puerta de entrada legal que legitima un sistema preconfigu-
rado de poder y vigilancia de datos. Por esta razón, el tema de cómo las
sociedades democráticas pueden regular el capitalismo de vigilancia y li-
mitar la extracción explotadora de datos de los usuarios se ha convertido
en uno de los principales retos jurídicos y políticos de la era digital.
En el contexto del capitalismo de datos y del poder en expansión
de las plataformas digitales globales, el Reglamento General de Protec-
ción de Datos (RGPD) de la UE se ha considerado un paso significativo
hacia la protección de la privacidad y la dignidad humana en los espa-
cios digitales. El RGPD afirma que los datos personales no deben tratarse
meramente como un recurso económico, sino como un tema estrecha-
mente relacionado con los derechos fundamentales de los ciudadanos. En
consecuencia, establece principios estrictos en materia de transparencia,
consentimiento informado y rendición de cuentas en el tratamiento de
datos. Al mismo tiempo, el reglamento refleja el esfuerzo más amplio de
la UE por limitar la comercialización y la explotación de los datos de
comportamiento por parte de las empresas tecnológicas transnacionales
(EU, 2016).
Ante el rápido desarrollo de la IA, el big data y la economía de
plataformas, el RGPD también se enfrenta a nuevos retos. En 2025, la UE
siguió introduciendo normativas como la Ley de Datos y la Ley de IA, lo
que demuestra que el poder de los datos ya no se limita a la cuestión de
la privacidad individual, sino que ha evolucionado hasta convertirse en
un tema estratégico que implica la soberanía digital, el poder algorítmico
y el control social. Esta evolución refleja el esfuerzo más amplio de Eu-
ropa por construir un modelo de gobernanza digital centrado en el ser
humano, destinado a limitar la mercantilización generalizada de la vida
humana bajo la lógica del capitalismo de datos y el creciente dominio de
las empresas tecnológicas transnacionales (EU, 2016). Aunque el RGPD
y las normativas de datos más recientes de la UE se consideran, en gene-
ral, avances importantes en la protección de la privacidad y la limitación
del poder de las plataformas digitales, su eficacia práctica sigue viéndose
limitada por las dificultades de aplicación y las capacidades reguladoras
desiguales entre los Estados miembros de la UE. Mientras que las agen-
cias reguladoras suelen carecer de recursos suficientes y deben lidiar con
largos procedimientos legales, las grandes empresas tecnológicas siguen
poseyendo ventajas importantes en términos de recursos financieros, in-
fraestructura algorítmica y control sobre los ecosistemas de datos globa-
les. Como resultado, las normativas existentes sirven principalmente para
restringir y regular parcialmente las prácticas de extracción de datos, en
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lugar de transformar de manera fundamental la lógica de la acumulación
de datos de comportamiento que sustenta el capitalismo de vigilancia.
Los análisis recientes de la legislación sobre datos en 2025 indican
que Estados Unidos sigue careciendo de una ley federal integral de pro-
tección de datos comparable al RGPD de la UE: “Estados Unidos carece
de una ley federal integral de privacidad de datos comparable al RGPD.
En su lugar, la responsabilidad de proteger los datos personales recae en
los estados individuales, muchos de los cuales han creado sus propias le-
yes de privacidad. Aunque ha habido varios intentos de introducir una ley
nacional integral de privacidad de datos, hasta la fecha no se ha aprobado
ninguna legislación de este tipo (EU, 2016). Precisamente debido a la
ausencia de un marco jurídico federal unificado, el control sobre los datos
personales en Estados Unidos sigue concentrado en gran medida en ma-
nos de las principales plataformas digitales, lo que dificulta la protección
de los datos personales en comparación con el modelo de gobernanza de
datos de la UE. Estos ejemplos demuestran que los sistemas de protección
de datos personales siguen evolucionando y están lejos de alcanzar una
coherencia o consistencia global. En este proceso en curso, la educación
sigue siendo una de las soluciones más importantes.
Igualmente importante es el papel de la educación. Recuperar la
agencia epistémica requiere una transformación pedagógica. Las escuelas
y universidades deben inculcar la alfabetización digital, el pensamiento
crítico y la conciencia algorítmica. Los ciudadanos deben recibir forma-
ción no solo para detectar noticias falsas, sino para cuestionar las propias
estructuras que median la verdad. Como advierte la ganadora del No-
bel, Maria Ressa (ITN Business, s. f.), la exposición a la desinformación
funciona como un veneno de acción lenta, que acaba reconfigurando la
percepción y la cognición de los usuarios. Solo una pedagogía basada en
la vigilancia epistémica puede inocular a las personas contra esta erosión.
La educación permite a los individuos modernos desarrollar un escudo
protector interno basado en los valores culturales de cada sujeto. Mien-
tras los marcos legales siguen evolucionando, la defensa de la razón frente
a la manipulación algorítmica requiere, en última instancia, reconocer
que “la cultura es el sistema que regula el propio desarrollo (Partido Co-
munista de Vietnam, 2026). La cultura desempeña un papel fundamental
en el establecimiento de normas, la orientación de valores y la regulación
del comportamiento. En este sentido, la cultura funciona como un meca-
nismo de autorregulación tanto para la sociedad como para el individuo,
contribuyendo a la formación de una generación de ciudadanos digital-
mente resilientes, dotados de conciencia crítica, autonomía cognitiva y la
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capacidad de resistir al poder algorítmico. Es menos probable que estas
personas se vean absorbidas en ciclos interminables de consumo y entre-
tenimiento; pueden distinguir la verdad de la falsedad, reconocen cómo
las plataformas digitales explotan sus datos y saben cuándo establecer lí-
mites ante las tentaciones generadas por las comodidades digitales.
Por último, los académicos y los periodistas desempeñan un papel
fundamental a la hora de descifrar los mecanismos de caja negra de los
sistemas algorítmicos. La transparencia y la rendición de cuentas deben
convertirse en estándares democráticos, no en lujos técnicos. La equidad
algorítmica, como sostienen Mittelstadt et al. (2016), debe basarse en nor-
mas éticas y políticas, y no meramente en la optimización computacional.
El futuro de la vida democrática depende de la restauración de la razón
pública a través de una gobernanza digital reflexiva, inclusiva y guiada
por normas.
Hacia un “ethos” democrático de la educación crítica y moral
No puede existir una sociedad democrática sólida sin ciudadanos capaces
de ejercer un juicio razonado, asumir responsabilidad moral y alcanzar el
entendimiento mutuo. El legado ilustrado de la democracia como pro-
yecto de autonomía racional debe reafirmarse a través de la educación y
el discurso público. Como afirma Habermas (1996), “la democracia de-
pende del poder comunicativo generado a través de un discurso que se
aproxime a la situación ideal del habla, garantizando la legitimidad de
las decisiones colectivas (p. 305). Por lo tanto, la educación debe culti-
var las capacidades necesarias para la acción democrática. Como advir-
tió Durkheim (1951), sin cohesión moral, las sociedades se hunden en
la anomia y los individuos se alejan de las normas colectivas (p. 241). La
educación pública debe fomentar un ethos democrático, arraigado en la
razón, la empatía y la deliberación ética. Esto requiere que las institu-
ciones proporcionen no solo información, sino también espacios para la
participación discursiva donde los puntos de vista contradictorios pue-
dan debatirse en condiciones de igualdad y respeto mutuo. Los estudios
empíricos subrayan que una educación democrática eficaz va más allá
del conocimiento memorístico, haciendo hincapié en el pensamiento
crítico, el diálogo abierto y la participación cívica (Burbules, 2023; Tee-
gelbeckers et al., 2023). Por ejemplo, Burbules (2023) observa que la au-
sencia de habilidades de pensamiento crítico entre una gran proporción
de ciudadanos deja a las democracias “vulnerables a la demagogia y al
engaño descarado (p. 189). Además, sostiene que fomentar el compro-
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miso con la indagación crítica requiere no solo habilidades individuales,
sino también redes de apoyo social y estímulo, de modo que cuando
uno plantea preguntas difíciles o cuestiona las ortodoxias (p. 189) no se
encuentre totalmente solo. En la práctica, esto significa que las políticas
educativas deben dar prioridad a los planes de estudio y las pedagogías
que fomentan el debate, el razonamiento ético y la resolución colaborati-
va de problemas. Los estudios recientes sobre la educación para la ciuda-
danía sugieren que los métodos de enseñanza participativos y orientados
al debate —como el trabajo en pequeños grupos, los proyectos cívicos
y las actividades de toma de decisiones democráticas— pueden promo-
ver eficazmente el conocimiento democrático, el compromiso político,
las habilidades de pensamiento crítico y la capacidad de los estudiantes
para lidiar con las diferencias (Teegelbeckers et al., 2023). Por lo tanto, los
sistemas educativos deberían aspirar no solo a formar graduados acadé-
micamente competentes, sino también ciudadanos capaces de mantener
un diálogo público racional, un juicio reflexivo y una deliberación ética
en el marco de la vida democrática.
En la era digital, la ciudadanía democrática ya no puede enten-
derse únicamente en términos jurídicos o institucionales. Cada vez más,
se exige a los ciudadanos que se orienten en ecosistemas de información
complejos, moldeados por algoritmos, la extracción de datos y la gober-
nanza de las plataformas. En consecuencia, la participación democrática
depende ahora no solo de los derechos políticos, sino también de compe-
tencias epistémicas: la capacidad de evaluar críticamente la información,
reconocer la manipulación y participar de forma responsable en los espa-
cios públicos digitales. Esta transformación requiere una redefinición de
la propia educación cívica. Las escuelas y las universidades deben cultivar
formas de ciudadanía digital basadas en la responsabilidad ética, la ra-
cionalidad comunicativa y la autorreflexión crítica. Los ciudadanos no
deben limitarse a consumir información de forma pasiva, sino participar
activamente en la construcción del discurso democrático. En este senti-
do, la educación democrática se vuelve inseparable del empoderamiento
epistémico. Sin esas capacidades, los individuos corren el riesgo de vol-
verse vulnerables a la influencia algorítmica, la polarización emocional y
el consenso fabricado. La defensa de la democracia depende, por lo tanto,
no solo de reformas institucionales, sino también de la formación de ciu-
dadanos capaces de resistir la manipulación epistémica y de mantener la
razón pública en condiciones tecnológicas cada vez más complejas.
Habermas (1984, 1987 y 1989) desarrolló el concepto de raciona-
lidad comunicativa como fundamento de la legitimidad democrática. En
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su opinión, solo el discurso regido por la fuerza del mejor argumento —y
libre de coacción— puede generar un consenso legítimo. En una era de
manipulación algorítmica, este modelo cobra más relevancia que nun-
ca. Las sociedades modernas se enfrentan a un aluvión de información y
opiniones fragmentadas, a menudo seleccionadas por algoritmos opacos
que amplifican el sensacionalismo o refuerzan los sesgos. Los entornos
de los medios digitales, estructurados en torno a la personalización y la
microsegmentación, tienden a crear cámaras de eco y burbujas de filtro
que pueden erosionar la base común del debate público. Si no se contro-
lan, estos imperativos del sistema amenazan con colonizar el mundo de la
vida, socavando la capacidad de los ciudadanos para entablar un diálogo
genuino. La comunicación algorítmica plantea profundos desafíos a la
democracia. Prácticas como el filtrado, el “hiperespaldar y la microseg-
mentación en las redes sociales polarizan cada vez más al electorado y
debilitan los cimientos deliberativos de la sociedad democrática median-
te la circulación a gran escala de desinformación. Estos procesos no solo
distorsionan el entorno epistémico del público, sino que también generan
desigualdades de influencia, ya que ciertos actores utilizan datos y algorit-
mos para moldear la opinión pública, mientras que muchos ciudadanos
carecen de la capacidad para reconocer o resistirse a dicha manipulación.
Para contrarrestar estas tendencias, deben fortalecerse los espacios insti-
tucionales dedicados a la razón comunicativa. Esto implica tanto reforzar
los compromisos normativos (garantizando que el discurso público se
adhiera a la búsqueda de la verdad y al respeto por las personas) como
implementar salvaguardias estructurales en los sectores de los medios de
comunicación y la tecnología.
Para salvaguardar la democracia, debemos ir más allá de la opinión
fragmentada y moldeada por algoritmos hacia un entendimiento delibe-
rativo compartido. Esto significa construir infraestructuras que sustenten
el razonamiento público: periodismo independiente, foros de la sociedad
civil, regulación transparente de los medios de comunicación y sistemas
educativos inclusivos. Una prensa libre y pluralista y unos medios de co-
municación de interés público proporcionan foros para el intercambio
deliberativo de ideas y actúan como contrapeso a la desinformación. Del
mismo modo, fomentar foros cívicos regulares o asambleas ciudadanas
puede permitir que grupos diversos razonen juntos en condiciones de
igualdad. En la esfera digital, se necesitan intervenciones políticas para
garantizar que la tecnología sirva a fines democráticos. Esto incluye una
mayor supervisión de los algoritmos de las redes sociales y las prácticas
de datos —por ejemplo, exigir transparencia algorítmica y restricciones
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a la propaganda microsegmentada— así como medidas sólidas contra la
desinformación en línea. Las tecnologías emergentes de IA tienen la ca-
pacidad de saturar los entornos de los medios digitales con contenido de
baja calidad, manipulación y desinformación a gran escala, debilitando
así la confianza social y la rendición de cuentas democrática. En respuesta
a estos riesgos, cada vez se necesitan medidas más sólidas, entre ellas sis-
temas fiables de detección de contenido generado por IA, una mayor res-
ponsabilidad de las plataformas y formas más amplias de alfabetización
digital y mediática entre los ciudadanos. De hecho, hay que mejorar la
alfabetización mediática e informacional para que los ciudadanos puedan
evaluar críticamente las fuentes de noticias, reconocer la manipulación y
participar de forma responsable en línea. En última instancia, defender
la democracia en la era digital exige más que una regulación reactiva:
requiere un compromiso cultural y filosófico con la dignidad humana, la
justicia epistémica y la autonomía moral. La tarea colectiva consiste en
anteponer la razón a la automatización, reafirmar la esencia ética de la
vida cívica y garantizar que las tecnologías digitales sirvan a los ideales
del discurso democrático, en lugar de subvertirlos. Solo mediante políti-
cas educativas progresistas e infraestructuras de comunicación resilientes
podremos dotar a los ciudadanos de las capacidades de razonamiento
necesarias para mantener un espíritu verdaderamente democrático en el
siglo XXI.
Conclusiones
En la era digital, los algoritmos, el big data y las infraestructuras de las
plataformas ya no se limitan a mediar en la comunicación: están remode-
lando activamente las arquitecturas cognitivas, morales y políticas de la
vida democrática. Hoy en día, la manipulación de la información rara vez
adopta la forma de censura abierta. En su lugar, está integrada en siste-
mas de recomendación algorítmica, motores de personalización y análisis
predictivo que gobiernan sutilmente la visibilidad, la participación y las
creencias. El auge de las burbujas de filtro, las cámaras de eco, el consen-
so fabricado y el control del comportamiento basado en datos señala un
profundo cambio epistémico: el poder algorítmico —anclado en la razón
instrumental y sostenido por mecanismos biopolíticos— penetra ahora
en el corazón de la razón pública y la autonomía política.
Esta colonización algorítmica marca no solo una evolución tecno-
lógica, sino una regresión filosófica: el declive de la razón misma. La de-
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mocracia moderna, que en su día se basó en el pensamiento crítico, la ac-
ción comunicativa y el consenso racional, se enfrenta ahora a una erosión
que no proviene de rupturas dramáticas, sino de la normalización gradual
de la irracionalidad. A medida que la transparencia da paso a la opacidad
y la deliberación es desplazada por una participación manipulada, los ci-
mientos de la legitimidad democrática comienzan a resquebrajarse.
Sin embargo, este declive no es inevitable. No es ni irreversible ni
inmune a la resistencia. El reto que se nos plantea no es meramente nor-
mativo o tecnológico, sino profundamente filosófico y cívico: reafirmar la
razón humana como principio rector de la sociedad digital. Esto significa
hacer frente a la racionalidad instrumental que subyace a los sistemas
algorítmicos y sustituirla por un compromiso normativo con la verdad, la
justicia y la rendición de cuentas democrática.
Revertir esta trayectoria exige una estrategia multifacética. Requie-
re mecanismos legales para frenar el poder monopolístico de los datos y
hacer cumplir la transparencia algorítmica. Exige que las instituciones
públicas y los sistemas educativos fomenten la alfabetización digital, el
juicio moral y la vigilancia epistémica.
En este esfuerzo colectivo, la racionalidad comunicativa debe re-
cuperarse como piedra angular de la vida pública. Frente a las presiones
de la gobernanza algorítmica, los ciudadanos deben estar capacitados
para deliberar, disentir y decidir juntos. Solo restaurando la primacía de
la razón sobre el código —de la agencia humana sobre el determinismo
algorítmico— podemos esperar salvaguardar la integridad moral de la
democracia. El futuro de la libertad en la era digital depende de nuestra
voluntad de defender la razón misma.
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Declaración de autoría-Taxonomía CrediT
Autora Contribución
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Conceptualización, investigación, redacción del borrador
original, revisión y edición. Al tratarse de un documento con
autoría única, la totalidad de la presente investigación es de
exclusiva responsabilidad de la autora.
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Declaración sobre el uso de la inteligencia articial
La autora Van Hanh Nguyen, del artículo titulado: “El declive de la razón bajo el
poder algorítmico en la democracia contemporánea declara que las herramientas de
inteligencia artificial (IA) se utilizaron de forma limitada (por debajo del 5 %) duran-
te la preparación del manuscrito. La IA fue utilizada exclusivamente para:
1. Ayudar en la búsqueda y consulta de referencias académicas relacionadas con el
tema del artículo.
2. Apoyar la traducción del resumen y las palabras clave al español.
Todos los resultados generados con la ayuda de la IA fueron revisados críticamen-
te, verificados y editados por la autora. La IA no se utilizó para el desarrollo de los
argumentos principales, el marco teórico, el análisis ni el contenido académico fun-
damental del artículo.
Fecha de recepción: 3 de julio de 2025
Fecha de revisión: 20 de septiembre de 2025
Fecha de aprobación: 22 de noviembre de 2025
Fecha de publicación: 15 de julio de 2026